viernes, 1 de abril de 2016

LO APOLÍNEO Y LO DIONISÍACO


Apolo y esa dupla artística nos despierta la idea del antagonismo, desde el origen hasta el fin del mundo griego, entre el arte plástico y el arte desprovisto de formas, lleno de música, denominado dionisíaco. 
Estos dos instintos desiguales dominan parejos en una guerra declarada y se excitan mutuamente en creaciones nuevas, cada vez más categóricas con el fin de perpetuar
Ese antagonismo, que el arte enmascara hasta que por un admirable acto metafísico de la voluntad helénica aparecen acoplados, engendrando una obra apolínea y dionisíaca en la tragedia griega.
Los griegos, bajo la figura central de Apolo, representaron el deseo feliz del ensueño. Apolo, como dios de todas las facultades creadoras de formas, es además el dios adivinador de Delphos. Y es, desde su origen, la apariencia de lo bello, el dios de la luz, de las artes y de la creación. Su mirada radiante es el reflejo sagrado de la belleza que nunca debía desaparecer. Es la imagen divina y esplendorosa, en cuyo gesto descubrimos la alegría y la sabiduría de la “apariencia”, al mismo tiempo que su radiante belleza.
Un espantoso horror sobrecoge al hombre, turbado repentinamente, cuando se equivoca en las formas del conocimiento. Si a este horror le agregamos el éxtasis, comprenderemos el estado dionisíaco por analogía a la embriaguez. Gracias al poder del vino o por la fuerza avasalladora de la primavera se despierta la exaltación, que arrastra en su ímpetu a todo hombre subjetivo hasta sumergirlo en un completo olvido de sí mismo.
En Alemania, en el Medioevo, bajo el soplo de este poder dionisíaco, la gente cantaba y danzaba de plaza en plaza y, en las danzas reconocemos los coros báquicos de los griegos, cuyo origen se remonta a través de toda Asia Menor hasta Babilonia y las orgías sacras. Es el huracán de la vida ardiente de los ensueños de Dionisio. Y, bajo el encanto de su magia, se renueva la alianza del hombre con el hombre: la naturaleza enemiga o sometida, celebra también su reconciliación con el individuo. EL carro del dios desaparece bajo flores y coronas. 
El esclavo es libre; caen las barreras rígidas y hostiles que la pobreza levanta entre los hombres y, por la armonía universal, cada cual se siente integrado, reconciliado ante la Unidad primordial. Con el canto y la danza, el ser humano cree pertenecer a una comunidad superior; se olvida de andar y de hablar y está a punto de volar danzando: sus gestos revelan beatitud; su voz parece sobrenatural; se siente divino; su actitud es noble y llena de éxtasis. El hombre ya no es un artista sino una obra de arte en sí mismo y su poder estético de la naturaleza se revela, bajo el estremecimiento de la embriaguez.


Bibliografía. Nietzsche, Fredrich .EL ORIGEN DE LA TRAGEDIA, Editorial Andrómeda, año 2003, páginas 11-28

miércoles, 30 de marzo de 2016

EL PUESTO DEL HOMBRE EN EL COSMOS



 

EL PUESTO DELHOMBRE EN EL COSMOS

 

El hombre ha alcanzado el espíritu a través de sucesivas depuraciones y a lo largo de toda la evolución. El  individuo oscila entre  el reino  del valor y el reino del espíritu. No es ni una depuración de la raza ni un animal evolutivo; posee un alma y por lo mismo la capacidad de regresar al mundo de los valores.
La idea tradicional judeo-cristiana, cuando se pregunta "qué es el hombre" nos habla de la Creación, Adán, Eva,  el Edén, la Caída; Grecia afirmaba que el hombre posee mente, razón y ciencia, idea que pasará luego a Roma y de allí se extenderá por todo Occidente.
 en el S XX no da su propio veredicto:
- El hombre tiene una marcha erecta, lo cual trajo una modificación en su columna vertebral a fin de poder caminar erguido que le otorgó una amplitud de visión.
-Tiene mayor desarrollo cerebral; posee circunvalaciones mucho más complejas.
-Posee el pulgar opuesto, lo cual le permite el movimiento de pinza; puede fabricar objetos desde un reloj en miniatura hasta un auto, abrocharse los botones, atarse el cordón de sus zapatos, encender la radio, dar vuelta las páginas de un libro, tocar instrumentos musicales, etc.
-Su ojo ve de frente y a los costados; sin dar vuelta la cabeza logra una mayor visión y una mayor objetividad; su mundo, por ende, es más amplio.
Cuando aparece en él la asociación, decaen sus instintos, lo cual lo diferencia de los animales;   posee una vida psíquica. Tiene inteligencia, razonamiento, capacidad de objetivar una situación y   de elegir. Puede responder a situaciones nuevas, reacciona como individuo  no típicas a su especie. El animal jamás podrá elegir entre lo útil y lo bello.

La gran diferencia con los animales reside en la razón y en la esencia del espíritu de libertad. El ser humano posee conciencia de sí y es libre frente al mundo que lo circunda; puede trascender, levantar vuelo o sobrepasar el mundo a través de la creación, más allá de su medio y hacer de las resistencias meros objetos, siendo libre de modificar su existencia. También es capaz de ironía y de humor: puede reír.
Puede ser un asceta, un anacoreta, decir "no" a sus impulsos, reprimirlos, someterlos, o romper los límites de su ser alcanzando la trascendencia de sus vivencias psíquicas a través de la creación.
Sheller denomina espíritu a las oscuras y subconscientes potencias impulsivas del alma.  Es cierto: los animales no carecen de un impulso afectivo ni de instintos que pertenecen a su especie ni de una cierta inteligencia práctica, así como también de una memoria asociativa, aunque son meras asociaciones fáciles de recordar, como el experimento de la campana y el alimento en el perro de Pavlov. Repite sobre todo las situaciones en las cuales tuvo éxito y los movimientos que le permitieron encontrar los alimentos y se fijaron en él que se denominan el principio del éxito y del error. El rebaño aprende, no asocia. La limitación es un acto repetitivo. Para Darwin y Köhler, el animal tiene una inteligencia infinitamente menor al ser humano. La objetividad jamás podrá pertenecerle pues es la categoría más formal del lado lógico del espíritu.
Las plantas, en cambio, tienen una reacción lenta afectiva que tiende solamente  hacia el calor del sol, sin asociaciones ni reflejos condicionados ni órganos sensoriales ni instinto. Es un simple movimiento hacia la luz. Son fecundadas por el viento de modo pasivo y se alimentan a través del material inorgánico que les suministra su propio alimento. No poseen un sistema nervioso ni indicios ni impulso motor; no se relacionan con otras plantas y como reacción- si le tiramos un balde a agua caliente o helada tenderán a encogerse o pueden llegar a morir aunque sin saberlo-.
El animal, en cambio, pese a tener impulso afectivo, reflejos condicionados órganos sensoriales y el instinto más evolucionado que en el ser humano moderno, en las especies superiores  -gorilas, chimpancés, perros y otros no podrá nunca objetivar, convertir su medio ambiente, su conducta estática; tampoco es dueño de sí: está estructurado simplemente como el caracol a su casa rodante, sumido en la realidad vital de sus estados orgánicos: comer, beber, acoplarse, procrear, curarse, alimentar su cría  y morir.
Los animales tienen conciencia- en esto se diferencian de los vegetales, aunque no conciencia de sí. Carecen además de las formas vacías del espacio y del tiempo: un animal jamás podrá llorar su futura muerte ni pensar en cosas más allá de su ambiente. Espacio y tiempo no existen.
Los animales emiten signos; son capaces de expresar tensión, miedo, dolor y placer en un lenguaje emotivo.
El ser humano posee un lenguaje preposicional y  aquí  reside la enorme diferencia: "Todos los hombres son mortales" es una oración que los animales, con todo su caudal de instinto, nunca podrán concebir.


 

martes, 22 de septiembre de 2015

El Bombardeo- Londres


La II Guerra Mundial comenzó el 3 de septiembre de 1939 y cayó sobre los europeos “como un relámpago desprendido del cielo; fue una catástrofe impensable”.
Los tiempos habían  cambiado; no sólo fueron las muertes, heridos  sino un cierto hastío y desolación cósmica se apoderó de los países occidentales.
En 1914 se perdió la esperanza de ser civilizados; en 1939 nos convertimos en salvajes con armas minuciosamente construidas para asesinar mayor cantidad de personas en la menor cantidad de tiempo: Hiroshima, por ejemplo.
Entre 1917 fue la revolución rusa  con la caída del último zar y de  toda su familia, incluido unos pocos sirvientes.  Los soviets torturaban o enviaban a Siberia a los disidentes o simples críticos del régimen nuevo impuesto, fueran de derecha o de izquierda, científicos o intelectuales.
En Italia, con Mussolini como dictador  nacionalista -lo opuesto al comunismo ruso, según él aunque  empleando  los mismos métodos de crueldad-.
En Alemania crecía los mismos ideales con un Hitler nazi, aunque con un sistema gigantesco en sus métodos de muerte, gasificando entre  cinco o seis millones de seres humanos, judíos, gitanos, polacos,  comunistas,  o simplemente  no adheridos al  partido, previamente confiscados sus bienes. Su barbarie fue similar a la de Stalin.
Hitler fue el primero en instruir a sus colaboradores  en el secreto de la eutanasia y -al percibir el malestar en Alemania- llevó su método al campo de concentración de Polonia (Danzig). Europa yacía bajo las manos de un psicópata sádico. Las palabras que se escuchaban por radio, salpicadas de ira del führer, espoleaba a los nazis partidarios, contagiados por su locura: la locura fue posible por la obediencia de sus subordinados: aceptar y cumplir sus órdenes  fue también de psicópatas.
Inglaterra y Francia  no reaccionaron con la invasión a Austria de Hitler y su  frágil  excusa.  Le siguió Checoslovaquia y Hungría. Según la explicación  dada a los gobernantes ingleses y franceses deseaba unir al pueblo germano en esas regiones donde había territorios con la mayoría de germanos. Las potencias no se decidían a enfrentarlo, conociendo su debilidad militar frente a un enemigo equipado con excelencia y disciplinado.
No se comentaron en los diarios las torturas ni el exterminio de 160.000 austríacos judíos eliminando a todo el que no fuera totalmente de sangre aria pura. Era una guerra entre la civilización en oposición al nacionalismo nazi.
Pero poco a poco se adquirió conciencia del salvajismo nazi y se reconoció que la guerra era inevitable. Quien pudo llegar a Alemania, para intentar salvar a un amigo, se enteraba del desesperado estado de las víctimas y la brutalidad germánica.
 Antes de ser invadidas las potencias debían decidirse; los que regresaban o alcanzaban a escaparse juraban suicidarse y morir antes que caer en las garras del enemigo.
 Esta ofensiva fue de una crueldad  inimaginable;  un genocidio a sangre fría, donde se asesinó millones de seres humanos en las cámaras de gas mortíferas, dirigidas por obedientes subordinados. Entre ellos hubo médicos que llevaban a cabo experimentos repulsivos sobre  víctimas jóvenes elegidas. Si no morían en las cámaras morían de hambre, consumidos, semi desnudos en el frío glacial y llenos de piojos; gasificaron día y noche en los años 1942-44 cuando ya sabían que no podían vencer.  A los cadáveres, antes de tirarlos en un pozo común, le quitaban los dientes de oro y cortaban sus cabellos para vender. La falta de  sentido de aquellos asesinos fueron estigmas inolvidables.  La civilización dio marcha atrás y consideró a sus súbditos como peones de ajedrez, muñecos títeres, objetos para satisfacer su odio. Hubiera sido imposible asesinarlos en  masa, si se los hubiera considerado humanos.
Los europeos de occidente miraban con desesperación el mundo de Stalin, Mussolini y Hitler y entraron finalmente en la guerra con una mezcla de resignación y  resignación.
Chamberlain traicionó a Checoslovaquia; fue un hombre frío e incompetente. Los pasos no dados fueron vergonzosos, moral y políticamente equivocados. En el Tratado de München se abandonó el país en manos de Hitler con el fin solamente de aplazar la guerra; fue un error. Al entrar en guerra frente al conflicto con Polonia, olvidaron que los checos y rusos hubieran ayudados a favor de los aliados.
Con la invasión de Polonia  llegó la decisión del ultimátum.

La hostilidad aérea en Londres comenzó en agosto de 1940 con un tremendo estruendo a la hora del almuerzo, lanzando balas  contra la gente y edificios durantes treinta y seis horas sin interrupción.
Uno puede habituarse a esta visión de balas cayendo, aunque la primera vez produce  un extraño impacto. Llama la atención los escombros de cristales en todos  lados. Durante el ataque de aviones en masa sobre la capital era siniestro el ruido del zumbido: seguía un silencio y el regreso de los aviones. Churchill exhortaba a los civiles:“no puedo ofrecerles sino sangre, sudor y lágrimas.” Se vivía con un sentimiento de irrealidad para encontrarse con una realidad inimaginable.

Durante la invasión de Holanda, Bélgica y la caída de Francia, un quieto fatalismo de lo inevitable se apoderó de los ingleses. Algunos pensaban en la derrota de Francia y en la invasión a Inglaterra en pocos días. Cayó Francia e Inglaterra se retiró a Dunkerque; se encontraba al filo del desastre. Alemania tomó París.
Los refugios antiaéreos era un amontonamiento de miradas de pánico y el olor desagradable de seres humanos aglomerados. Mucha gente huyó de la capital por unos  días . Cuando tomaron el tren de  regreso, encontraron media ciudad destruida, con  las calles irreconocibles, humeantes, con montones de cascotes en ruinas. Sus casas o negocios completamente destruidos durante esas interminables 36 horas de bombardeo. Tal vez encontraban una silla intacta o un retrato familiar entre la pared de la casa vecina. Las ventanas sin vidrios, el tejado semi caído y puertas sostenidas por un gozne. Los cuartos imposible de habitar, los libros esparcidos cubiertos de yeso y polvo, todo envuelto en una confusión macabra; los tubos de desagüe maltrechos y quizá a punto de explotar en cualquier momento.
Lo peor, lo más siniestro fue el silencio.


Leonard Woolf  La muerte de Virginia, capítulo 1 de Journey not the Arrival Matters (an autobiography of the years 1939 to 1969) traducido por Marta Pesarrodona, gracias a Esther Tusquets. (adaptación de Cristina Bosch solamente el bombardeo de Londres)


domingo, 29 de marzo de 2015

LA VEJEZ


-Características de la vejez

 En esta fase la experiencia, los impulsos y la actividad pierden su intensidad;  lo vital  merma, la pasión mengua, disminuye la vista, el oído, los huesos  pierden elasticidad
cediendo el lugar a síntomas y trastornos orgánicos, causados por enfermedad o debilidad física: dolores, alteraciones  funcionales, fenómenos acentuados por la decadencia.  Muchas veces el descuido y poco aseo resulta penoso.
Desciende la percepción, se torna dificultoso adaptarse a situaciones nuevas y estresantes. La vida se fija, los procesos se inmovilizan; desaparece el impulso de luchar por cosas nuevas. Uno no está  propenso a cambios y desea la paz. El círculo se estrecha, se vuelve  indiferente anímicamente. Pierde todo deseo de estima y simpatía por los otros. No se preocupa por la impresión que causa y se cohíbe  ante una personalidad más fuerte. Disminuyen las facultades espirituales y la sensibilidad hacia el otro; los impulsos se vuelcan versus lo elemental: comer, beber, dormir.
Se siente amenazado y acentúa el poder sobre sus posesiones, derechos, hábitos, juicios, que se transmiten con la terquedad y la tenacidad de   tener siempre la razón, llegando a veces a pecar por   necio. El  intelecto y  los sentimientos no  razonan velozmente y aceptar los cambios de las circunstancias se les hace imposible.

Pero  no todo es negativo; existen posibilidades  positivas, incluso en la fase senil. Muchas dificultades se resuelven, gracias a la experiencia adquirida. Miguel Ángel,  Goethe, Freud son ejemplos de ancianos maduros pero no seniles.
El ser humano jubilado -en la mayoría de los casos-  no lucha por enriquecerse o adquirir posesiones. Se vuelve moderado: la experiencia lo aleja de la actualidad y le concede  permiso de comprender situaciones  y concederles un valor que la juventud no  logra acatar.
 Ve menos,  oye menos, entre el tumulto de ruidos que los perturban y lo aíslan.
Desconocen el  arte de bien morir; muchos ni osan nombrarla. No le encuentran sentido a  la muerte. Se   perdió en Occidente la dignidad y el valor necesario para afrontarla. Se la  vive como un paso aterrador. Al no  reflexionar sobre ella, no existe la posibilidad de  hacerle frente, y  sólo se  la soporta,  cuando el fin se aproxima y no queda otra opción.
La juventud vive la vida y  acepta la muerte únicamente -si es decorosa,  valiente,  heroica o trágica-, refiriéndose a ella como si fuera un elemento decorativo, sin significado personal.
El deber ético de:
a)     Los seres que lo rodean.  Aumentar su paciencia, lo cual no es fácil: la vida quedó estancada. La vejez no puede sorprendernos ni excitarnos con palabras o gestos; quedó  fija en etapas del pasado que tercamente repite sin cesar y que los terceros ya no escuchan u oyen con irritación e impaciencia.
b)     El anciano siente  recelo, una desconfianza que   lo lleva a ocultar; al perder la memoria, el tiempo real y presente, se enfoca en el pasado que maneja con soltura. La familia o quien lo cuida se agota de las repeticiones que cuenta encantado, como si fuera la primera vez. Se necesita altruismo y una paciencia heroica para mostrarse amable; carece de una mirada hacia el futuro y no espera nada del presente: el pasado es el  único campo donde se siente cómodo.

Considerarlo, apaciguar su desconfianza, y poner  humor en ciertas situaciones donde se muestra terco, crítico, pretencioso.  
Hijos y parientes le desean el fin;  se muestran poco tolerantes. los viejos positivos.
Pero existen dos clases de seniles:
El primero, con su plaga de defectos acentuados, que se torna odioso a  los demás.
Antiguamente al viejo se lo abandonaba o  se lo mataba, por ser inútil a la sociedad; hoy se lo encierra en un asilo  no se lo visita, salvo en su cumpleaños o cerca de Navidad. Si se enferma lo ven más seguido, esperando el fin. Sería equivalente a la  eutanasia  de los ancianos nazista.
Simone de Beauvoir  en  su excelente Ensayo de  707 páginas nos dice lo siguiente:

La hegemonía machista patriarcal duró siete mil años y prevalece en los países pobres y  orientales, declinando en el mundo occidental. El yo incluye el cuerpo, nombre, posición social, posesiones y hasta conocimientos en nuestra imagen y en  la que deseamos que los demás perciban.  
En el último mitad del S XX, -Plutón se hallaba en Leo, signo de la individualidad-, los Beatles, la ropa en boutiques al alcance de todos, la moda unisex, donde  lo antiguo dejó de ser lo mejor:  comprar y tirar  para volver a adquirir o desechar, a fin de obtener un modelo más reciente y por lógica más caro. Es un círculo vicioso que nunca acaba. Esta época podría denominarse la era del automóvil y hoy, el tiempo del celular, la cibernética, la tecnología en exceso.  El poder adquisitivo se basa en  la cantidad de aparatos electrónicos que uno posee y -en oposición a la generación de nuestros abuelos- la juventud siente poco interés por lo tradicional, el mueble antiguo o las joyas;   “lo bello es  nuevo” es lo predominante y no "lo bueno y lo bello´" que pregonaba  los antiguos griegos. Cambiar el auto cada dos años porque se cansaron del modelo, para competir con amigos, socios laborales y aumentar su estima o poder es un ítem que vemos a diario.
Mi departamento, mi casa, mis amigos, mi médico, mi cirugía, mi enfermedad, mi terapia o terapeuta. Tener es sinónimo del capitalismo y de la propiedad privada; adquirir propiedades o conservarlas o venderlas para comprar otras. Tener se relaciona con el deseo de ser grande.
Algunos, hastiados de lo superficial, se   conectan  con su interior mediante un gurú de moda en la India o en nuestro país, según el prestigio que tengan.
Tenemos ejemplos de ancianos respetables; comencemos con Edipo en Colona,   en oposición al  rey Lear, donde la vejez se parece a la locura, pues ansía  compartir su reino con sus hijas para recibir a cambio afecto y atención. Shakespeare  percibía en los ancianos poca sabiduría: Lear, condenado por sus hijas, deberá errar por los caminos, en  medio de un medio hostil.
En Francia, el siglo fue muy duro con los ancianos, La sociedad era autoritaria, absolutista; no concedía lugar ni a los viejos ni a los niños -que morían antes del año y la mayor parte de los adultos entre los 30 y 40 años; hubo excepciones: Miguel Ángel, Goethe, Kant, Freud, Hugo y otros. Incluso lo reyes morían entre los 49 y 56, con toda  la  atención y cuidados que se les proporcionaba.
Se los consideraba mayor a los 17, 18 años para poder  servir al país en las guerras.
El hombre de fortuna y posesiones  era  respetado; la memoria y la experiencia   eran valores adquiridas con  la edad y apreciadas.
Los viejos carecen de atracción. A los 30 estaban minados por el trabajo, encogidos,
La iglesia ayudaba con sus escasos medios a los necesitados, siempre insuficientes frente a la hambruna y la explotación del campesino y -siglos más tarde de  los obreros-.
En la literatura, la ancianidad masculina inspiraba menos sarcasmo. Corneille le cede espacio en sus tragedias; Don Diego es una viejo aristocrático, padre del Cid Campeador y, en Horacio, se impone la figura del anciano; había respeto por la ley, por su coraje y su generosidad, y se sentía respeto por la aristocracia, no por su riqueza sino por sus conocimientos y valentía.
A diferencia de Corneille, que busca una figura noble e imponente en  don Diego y  en la tragedia de Horacio.  Racine le otorga el permiso de amar y Molière lo convierte  en el hazmerreír de su obra  El Avaro.

A principio del S XVII, Isabel I de Inglaterra creó la ley de los pobres para los indigentes sin familia y sin dinero. Hasta ese momento no se ocupaban de los recién llegados y menos de los numerosos vagabundos, vistos como zánganos inútiles o perezosos holgazanes. La mendicidad era inmoral.  Los cuarenta primeros años de ese siglo hubo instituciones caritativas para paliar la dureza y se fundaron asilos y hospitales. La religión predicaba el respeto por los pobres y exigía la limosna de los ricos.
En Inglaterra estalló un conflicto entre burguesía vejada y la realeza, que fue sometida por el poder real.  Recién en la Restauración, las mujeres representaron los papeles femeninos en obras de teatro. Los puristas, el quietismo y protestantes y anglicanos veían en el teatro una señal de perdición. El teatro cínico se burlaba de la vejez: en los hombres indicaba la pérdida de la virilidad; en las mujeres, la pérdida de la belleza con sus pechos caídos y  su piel marchita.
Shakespeare trataba con desprecio a la ancianidad. Luego llegaron las comedias, a fin del XVII,   ilustrando los conflictos entre generaciones.
Quevedo se burla de las mujeres viejas y las compara con la muerte. El amor eterno de Petrarca en el Renacimiento le cede lugar a la burla y al menosprecio.

El S. XVIII 
Fue sombrío en Francia; estalla  la Revolución Francesa; la monarquía pasa por la guillotina, mientras la burguesía se impone; respetan la libertad de ideas, la noción del prójimo se amplía, se interesan por los salvajes, recuerda a los adultos, a las madres  amamantan a sus hijos  y en los adultos se reconocen los futuros y potenciales ancianos; el hombre mayor simboliza la unidad, la permanencia de la familia;  florece el individualismo burgués, el jefe anciano posee propiedades y goza de prestigio. Se  exalta la virtud, se dejan de lado los cuentos morales y se escriben tratados de humanidad; se atiende a los débiles, a los pequeños, al abuelo;  se estimulan los actos de beneficencia.  La ancianidad es vista como una época de  descanso; las pasiones extremas se suavizan; se  adquiere serenidad, sabiduría.
Se conmueven frente a la miseria,  Reconocieron que todo hombre tenía derecho a  existir. La asistencia pública fue reformada; la miseria de los inválidos y los ancianos mermó. La burguesía  revalorizó la ancianidad.

En Inglaterra progresaron las técnicas,  la industria, las finanzas, el comercio. Nace una nueva clase rica, poderosa que tiene conciencia de sí y se forja una moral conveniente. Se multiplican las sociedades, y se perfila un hombre nuevo: el comerciante; es sencillo no le gusta la pompa, lleva una vida retirada y tiene una moral por encima del arte.
Los teatros retratan viejos criados abnegados, padres e hijos que se ayudan,  personajes simpáticos. Pasan esas tendencias a Francia con el hombre nuevo, el filósofo, que profesa una moral laica pero humanitaria con Diderot como guía.

En el S XVIII se lo comprende mejor por los servicios prestados a la sociedad.  Se respeta su prosperidad.

En el S XIX llegan los melodramas donde la ancianidad representa lo majestuoso y conmovedor.  El viejo servidor abnegado, fiel a su amo.
A partir de mitad de este siglo se finalizó la revolución industrial; ferrocarriles, textiles, metalurgia, minas, fábricas de azúcar y otras obras cobraron impulso, mientras  los bancos tuvieron un rol principal. Veinte años más tarde la  Asamblea Nacional estaba formada  por gran cantidad de ancianos. 
En síntesis, en Francia y en los países europeos  la pelea de las generaciones se abolió en la burguesía y se establece una  armonía. El hijo ocupaba en la sociedad un escalón más alto que su padre quien orgulloso de su éxito y ascenso diluía el odio. La sociedad también   exigía la ayuda o colaboración entre viejos y jóvenes donde la experiencia y los conocimientos  eran valorados. Si el viejo se imponía, podía ser por la imagen de la reina Victoria, que reina en Inglaterra con un rigor moral y un éxito económico hacia la austeridad con el fin de reinvertir las utilidades; era  bien visto  ahorrar en los años de ganancias,
La pareja viejo-niño conmovía al público en obras de teatro de Dickens, donde su éxito fue enorme. Se modificó también la relación de los nietos con los abuelos y en la  alianza, lo  encuentran un compañero divertido e indulgente.
Lo consideraban de una manera más realista, sobre todo los  nobles, los burgueses, hacendados, industriales y en ocasiones  las clases explotadas.
Siempre existen atributos positivos, incluso en la fase senil. Nace una calma nueva, donde muchas dificultades se resuelven gracias a la experiencia adquirida.
El hombre senil, ya  jubilado, por lo general no lucha por  adquirir posesiones; sus hijos son individuos maduros. Se vuelve  moderado; la experiencia lo aleja de la actualidad y le concede  comprender a los demás, por haber pasado por las mismas experiencias. 
El deber ético pedagógico de la fase senil podemos diferenciarlo en dos temas:
 A) Los seres que lo rodean. Deberían aumentar su paciencia  porque la vejez no es fácil: la vida queda estancada. No puede sorprendernos ni excitarnos con palabras o gestos; está fija tercamente en esa faz;  un recelo, una desconfianza que   lo lleva al ocultamiento.  Narra una y otra vez situaciones lejanas en el tiempo, que los de su alrededor escuchan a veces con irritación e impaciencia. Al ir perdiendo la memoria del tiempo real y presente, se enfoca en el pasado que maneja con soltura. La familia o quien lo cuida se agota de las repeticiones que cuenta  él encantado, como si fuera la primera vez. Se necesita altruismo y una paciencia sin límites para ser amable; le falta un foco hacia el futuro y -no esperando nada del presente- se aferra al pasado, única área donde se siente cómodo. Apaciguarlo, oírlo, quitar el germen de su desconfianza  poniendo  humor  en las situaciones será heroico. Se convierte en un ser terco, crítico, repetitivo y pretencioso en su miseria. Su familia, hijos, parientes desean que se muera; si no lo dicen conscientemente, su conducta con él es  poco tolerante.
Antiguamente al viejo se lo mataba, por ser inútil a la sociedad; hoy se lo encierra en un asilo y -por culpa- no se lo visita, salvo en su cumpleaños o cerca de Navidad. Si se enferma, lo ven más seguido, esperando el fin.
Sería similar a la eutanasia nazista del el S XX.
Pero existen dos clases de seniles: el primero, con su plaga de defectos acentuados, que se torna odioso a  los otros; el segundo,   quien es  una bendición haberlo  conocido, porque en él se detuvo la vida sin amargura ni resentimiento; la acepta con naturalidad y conserva el carácter amable, pues alegremente aceptar declinar y la idea de la muerte  no lo aterra.
El que se hizo ilusiones para  el futuro, envejece como un ser mezquino, se vuelve cínico, censor hacia esa juventud que añora,  llena de una vitalidad incomprensible.
Envejecer significa inclinarse, aproximarse al fin.  Más años, más cercana: madurar es prepararse hacia ese postrero acto. La muerte es la disolución en la nada o el paso necesario para encontrarse consigo mismo, lejos de las cadenas físicas que ligaban el alma y le impedía alcanzar el infinito.
Carecer de fe trae angustia. El núcleo de la ancianidad es la oración y en silencio; un  enfrentarse con ese Dios lejano que se asoma o el vacío eterno: “polvo eres y en polvo te convertirás” (Quevedo)
Los seres humanos viven más.  Hace medio siglos se moría entre los 65, 68 años, edad aceptable para sus herederos, que entrarían en posesión de su herencia;  se les tenía más paciencia. Hoy una mayoría  supera los ochenta con facilidad. Se combaten las enfermedades con eficiencia, tiene los medicamentos adecuados  y los asilos no siempre en condiciones humanas, crecen. Puede alcanzar una edad irrisoria: noventa años y más aún. Nacen allí los problemas demográficos: una generación pasiva que trae dificultades económicas a todo el sistema; un dilema sociológico pues la indiferencia de los hijos, nietos y parientes hacia esos seres ya inútiles  llenos de dolencias, con sus conversaciones puestas en su pasado. ¿Cuál es la importancia del anciano? En la Biblia se los veneraba.  El cuarto mandamiento de las Tablas de Moisés exige “honrar padre y madre”, o sea respetarlos y tener una cierta ética en su declive.
El S XX y principios de la década el XXI,  el nazismo los señaló como la solución del problema, descartando y matando a los inútiles. En la actualidad pasados setenta años desde esa II Guerra Mundial aparece la eutanasia como fin todavía no aceptado legalmente: la “solución” regresa  con disimulo, tal vez  con mayor delicadeza.
En los ancianos, las pasiones se acallan, la sangre se enfría y frente a la pérdida de la sexualidad  encuentra vanas  las cosas; se desengaña pierde el gusto de ocuparse de los demás: un desinterés general cubre su mundo. Se desliza  rodando muy lentamente en sus eternos recuerdos repetidos, como si fuera la primera vez.
Cicerón la denomina una desventaja, no una deshonra, y aceptaba que ser pobre a esa edad era una desdicha.  Horacio, en el S I, habló de la vanidad de todo y lo inútil de la pompa. La decrepitud ayuda a soportar la muerte. A los 90 uno no muere, se extingue por lo general. Emerson afirma que a esa edad se deja de actuar, de pensar,  lo cual es apaciguador. Cada edad tiene su propia organización y el anciano tiene un equilibrio diferente del hombre  y su relación con el mundo.
En Oriente se respeta a la vejez;  en China, en Esparta,  en las oligarquías griegas y en Roma, en la medida que era rico tenía peso en la vida pública y  privada. Las personas con mayor poder adquisitivo sienten el mismo malestar de ser abandonados, pues la inutilidad  no es solamente producto de la pobreza.
La esperanza de vida fue aumentando: en el S XVII, el hijo tenía entonces 14 años cuando moría su padre. De 100 niños un 25% moría antes del año, otro 25% antes de los 20 y otro 25% entre los 25 y 45 años de edad. Una decena solamente llegaba a los 60 años. Los octogenarios eran excepciones y se lo exhibía con orgullo. En el S XVIII el promedio era 30 años, luego se estabilizó en los 60; a mitad del S XIX  un 10% alcanzaba los 60, luego subió a  un 18% y hoy la cifra es inimaginable.  Podemos nombrar países donde la población anciana es mayor que los niños y adultos juntos. 
Las mujeres viven más que los hombres; el problema se ha tornado agobiante para la sociedad, para los familiares, para la economía y hasta políticamente. Hoy las  jubilaciones desgastan las arcas. En el S.XIX, al ser despedido, el anciano quedaba totalmente abandonado; la familia debía ocuparse de él y no siempre lo hacía con agrado. En 1896, siete años después de la Revolución Francesa se habló de darles una pensión como una recompensa - no como un derecho- a quienes eran mayores de 50 años; los funcionarios y militares fueron los primeros en cobrar.
En el S XIX, el ascenso veloz del capitalismo y la expansión industrial trajo una agitación social que se fortificó en Alemania con Bismarck, que estaba de acuerdo en ofrecerles un mínimo de seguridad. Brujas tiene casitas independientes, agrupadas en medio de la ciudad, para que estén cerca de sus familias. Las mujeres capacitadas  hacen  puntillas para la comunidad; son  mujeres independientes y tienen  un horario para regresar a su lugar y un trabajo que entregar  a la comunidad de monjas, que las protegen y ayudan. Viven dos en cada casa. 
En USA existen lugares donde en edificios apartes, los ancianos tienen sus departamentos y les fabrican programas, distracciones, idas al teatro, paseos, excursiones, aunque no funciona totalmente, pues los viejos desean estar con sus familias y se sienten lujosamente abandonados.  También existen centros diurnos, donde se quedan todo el día y lo pasan bien, sabiendo que por la noche dormirán en su hogar o en el de uno de sus hijos. Esta opción de más positiva. En Argentina la Fundación Hirsch tiene un magnífico lugar con varias hectáreas para pernoctar, vivir allí o pasar el día. Si forman parte de un club se sienten más satisfechos que solos todo el día en su hogar.
Luxemburgo, Rumania, Suecia, Austria, Hungría y Noruega, protegió  a los asalariados  que se financian con los impuestos.  Dinamarca, Nueva Zelanda y el Reino Unido recién lo aceptaron  en 1925. Los países escandinavos se ocupan de que la vejez  tenga una suerte decente dentro de un socialismo moderado, cobrando una tercera parte de su salario. El retiro para las mujeres es de 60 a 62 años y para los hombres de 65 a 67 años. En otros países occidentales, la edad difiere en algunos años menos, jubilándose antes los mineros, militares, el personal de aviación civil, transportes y enseñanza primaria. Los trabajos domésticos se retiran por lo general más tarde.
Los jóvenes pujan por alejar a los mayores y ocupar sus puestos. Pueden tener  disminución muscular, problemas auditivos y visuales, problemas para ver  a la noche, menor destreza, menor resistencia al frío, al calor y al ruido; les cuesta adaptarse a situaciones nuevas o iniciar tareas nuevas, porque merma la velocidad en sus acciones, se ponen nerviosos,  tienen problemas con la memoria.
El viejo tiraniza con sus años y sus ñañas y las generaciones posteriores los rechazan. La relación de un adolescente impaciente, rodeado de objetos electrónicos, no tiene cabida ni tiempo para visitarlo y entrar en su pasado.
La sociedad no les tiene paciencia; podrían operar sentados,  re adaptarlos en sus tareas; en vez de ello, los bajan de categoría y sufren material y moralmente, porque  se sienten disminuidos con sus recursos menos onerosos.
Otros países capitalistas  difieren y no a favor de la ancianidad. Si obtuvieran los beneficios que sus años laborales merecen, no estaríamos exponiendo el tema. La injusticia hacia los jubilados es tremenda en casi la mayoría de los países occidentales. El capitalismo busca eficiencia,  aumento de la productividad,  y no la humanidad y el reconocimiento  que merecerían. el  “Time is gold” americano o el "good for nothing".
En 1970, Simone de Beauvoir señala que entre 16 millones de ancianos,  8 millones son  muy pobres; hoy, la cifra sería espeluznante. La maldad a veces  llega a separarlos en asilos diferentes  o pasar de ser pensionistas a salas comunes, donde terminan siendo abandonados por la familia porque verlos los llenan de culpa.
Algunos son abandonados en hospicios. Suele hacer frío, no tienen calefacción central, casi siempre los sanitarios son deficientes, las duchas no arrojan agua templada, no tienen en cuenta el régimen adecuado para cada caso en particular. La humedad  y la soledad es infinita: (en un pensionado en Niza el director afirmó que en ese entonces sólo el 2% recibía visitas). La rutina es rígida; deben acostarse y levantarse temprano. Son un número, un apellido, no un ser humano. La TV que no la escuchan está  puesta a un volumen exageradamente agudo, que les embota más el cerebro; no leen, tienen algunas horas ocupadas en trabajos manuales, aunque  la mayor parte del tiempo están a su libre albedrío, sentados en una silla con la mirada fija a lo lejos. En los lugares donde se sienten útiles y están mejor atendidos por lo general son privados y muy caros. El vino les está prohibido. La atmósfera es maloliente por sus problemas de contención de orina y el aire sofocante. Uno sale siempre deprimido, luego de una visita.
Basta leer esta cifra de la década del 70. No  había cifras para comparar en el presente..
El 8% muere la primera semana.
El 28,7% el primer mes.
El 45% los primeros seis meses.
El 54% el primer año.
El 65% en los primeros dos años.
En Oriente se los respeta, a veces se los venera por la experiencia y sabiduría que poseen.
En Alemania se festeja los jubileos a los 70 y  a los 80.
Sensibles a su potencial futura decadencia física, los jóvenes los ridiculizan. Al mito del anciano soberbio y enriquecido,  se le opone el viejo acurrucado, reseco, disminuido o mutilado. Esas carcasas  humanas que deambulan en el  S.XX, porque les cedieron más de treinta años  de vida al Estado, hace que los hombres maduros carguen con sus padres, sin poder  salir, irse de vacaciones, vivir su  vida plena y poco a poco  el cariño  se convierte en fastidio.
Los esquimales  los dejaban, cuando se convierten en inútiles,  en la mitad de la noche, con alimentos para uno o dos días, pensando que un oso podía aparecer y devorarlos; ellos lo aceptan porque en un iglú no hay lugar para nadie que sobre. Magnífico el pasaje del libro El PÁIS DE LAS SOMBRAS BLANCAS que  van a buscar a la anciana, cuando el niño llora porque un diente le está por salir; buscan a la abuela  abandonada en medio del hielo, para que los ayude a resolver el problema. Pasados unos meses, cuando ya saben cómo ocuparse de los dientes,  la vuelven a  abandonar.
Hoy no se los abandona  en medio de glaciares con temperaturas bajo cero, sino en asilos, hogares de ancianos, hospicios, expulsados sin ternura y sin visitas.  Y todos asistimos con indiferencia a ese mal trato. Aumentar la edad no trajo cariño hacia nuestros antepasados, que gimen por seguir  viviendo, sin claudicar, pese a su soledad y su decrepitud. Todos sabemos  la condición escandalosa donde viven  la mayoría en este mundo moderno de fin del S XX y principio del XXI.
Churchill, Adenauer, Freud,  Verdi, Miguel Ángel, Goethe, Balzac, Tolstoï, Gandi fueron personas que pasaron sus ochenta años con su mente en perfecto estado. Miguel Ángel montó a caballo tres días antes de su muerte.
No toda la culpa es de la generación anterior.  El tiempo es oro, valgo lo que tengo, debo producir serían los ítems de este mundo caótico y cruel, porque también es cruel  con ellos.  Si el anciano  cedió su poder  y sus bienes a sus hijos, esperando como el rey Lear una compensación  de sus herederos, sólo obtiene  impaciencia y mal trato. Existe  un pequeño diálogo con la enfermera o quien lo cuida  pero muy breve. Se compran los remedios y se abandonan en la portería para no tener que saludarlos; se llegan hasta el asilo para  pagar la cuenta mensual sin ni siquiera  visitarlos, salvo el día del aniversario, que ellos no recuerdan, o en Navidad.  A veces se tiranizan ambos, en una relación ambivalente donde a veces el hijo o hija sigue en ese rol inacabable de no poder crecer, porque debe ocuparse de sus padres e incluso de sus suegros, tarde o temprano. Preferirían la intimidad a la distancia y no cohabitar con ellos.  Los ancianos prefieren no cohabitar en el aislamiento.
La relación entre los nietos y el abuelo es más sencilla; éstos, en rebelión con los adultos y sus padres, arman su complicidad y se solidarizan. El amor hacia los ancianos en las mujeres habla de una relación entrañable con su abuelo.
 La imagen del padre despojado de prestigio es literalmente patética.  Cuando los hijos  obtienen el poder  pueden reconciliarse y la agresión y el rencor y apaciguarse. Les gusta tratarlos como seres inferiores y convencerlos de su decadencia, obligándolos a un papel pasivo, con el fin de gobernarlos a su gusto. El adulto tiraniza con disimulo a su progenitor, dándole órdenes que parecen consejos, ridiculizándolo, mintiéndole, atemorizándolo con enviarlo a un asilo, si no obedece y así se mina su resistencia convirtiéndolo en un objeto que uno manipula  a su gusto. El anciano  siente que se desmorona hacia la nada; verse arrastrado hacia la inutilidad, sin interés alguno por la lectura, la cultura, el arte, los deportes, -exceptuando el foot-ball en los hombres- es un drama que va in crescendo.
Las mujeres sienten en su papel de abuela, que tienen todavía un sentido. Viven pensando en el momento de su jubilación y cuando la alcanzan no tienen el mismo entusiasmo ni las ganas que en su madurez para seguir haciendo cosas; no se imaginaron un futuro tan vacuo. Temen  la soledad, la muerte de su pareja,  y el  futuro incierto. El hombre define su identidad  con su cargo y su sueldo: quisieran trabajar de vez en cuando; menos horas, menos responsabilidad pero sentirse útil. La decadencia viril lo abruma. Pierde junto a su virilidad su capacidad como ser humano.
La nostalgia es mayor entre los trabajadores manuales que los de oficina: los últimos todavía encuentran placer en  leer, ir al cine, al teatro, miran la vida de otro modo. Y si uno es pobre se siente un paria; no desea recibir una invitación porque no podrá retribuirla; se siente un inútil disminuido por las falencias físicas y psíquicas. La depresión y el envejecimiento  cohabitan lastimándose. Las pérdidas aumentan. Parten los familiares, los amigos, los socios; la soledad es total. Se sienten próximos a su propio final. Es absolutamente necesario que conserve ocupaciones de cualquier índole, ciertos hobbies, aunque con la edad llega el desinterés, el cansancio, la movilidad se reduce, mientras el desinterés le quita gusto a toda distracción y la impaciencia de los demás los humilla.
Los intelectuales también la sufren. Hemingway se suicidó al enfrentar la hoja en blanco; no tenía nada más que escribir y el vacío se impuso.

Bibliografía: Simone de Beauvoir, LA VEJEZ, segunda edición,  febrero de 2011, editorial Contemporánea.

sábado, 22 de noviembre de 2014

TCHAIKOVSKY

TCHAIKOVSKY


Su padre se casó dos veces; quedó viudo con una hija que se educó en un convento. La familia creció: Nicolás, luego Pedro, más tarde Alexandra e Hipólito, los mellizos. Cuando tenía cuatro años llegó a su casa una institutriz francesa Fanny, que él adoró y ella lo protegía sabiendo que era especialmente hipersensible. Lo llamaba “su hombrecito de cristal“. Tenía una inteligencia despierta, mucho encanto, imaginación y voluntad. Tanto en verso como en prosa era capaz de desarrollar temas patrióticos y religiosos; su corazón estaba lleno de sentimientos excesivos: éxtasis, piedad, adoración: lloraba a menudo. Adoraba a su madre y a Fanny y quería a su padre. Su hermano Nicolás soñaba con aprender a bailar; Pedro sólo pensaba en inventar rimas y escribir, expresar sus sentimientos  y buscarles una salida. 
La pianola -último invento de la técnica musical- lo maravilló. La flauta traversa de su padre y la voz de su madre eran sólo recuerdos. Fanny desconocía la música. En el hogar ruso había un piano de cola y de vez en cuando algún visitante tocaba una polca u otra danza. 
Un día un oficial polaco, brillante músico, se sentó y tocó las mazurcas de Chopin. Un temblor se apoderó de él, el mismo que habría de repetirse durante toda su vida cada vez que escuchara música de Mozart. En Navidad lo llevaron al teatro, a la ópera y al ballet.  La orquesta sinfónica  escuchada por primera vez lo estremeció. 
Empezaron los estudios y se acabó la infancia. Sus padres decidieron enviarlo a la Escuela de Derecho en Moscú; jamás olvidaría cuando su madre regresó con los mellizos, su padre y los sirvientes  a San Peterburgo.
 Su tío Modesto lo alojó en su casa. En mayo de 1852 no llegaron sus padres de San Petesburgo; al padre le iba mal en el comercio y debía ahorrar. La repentina catástrofe financiera de la familia llegó poco depués, donde su padre perdió todo  el dinero; fue un golpe terrible. 
Empezó una nueva época. Nicolás y Pedro regresaron tras los exámenes a su casa a pasar las vacaciones de verano; nadie hablaba de su antigua pasión por la música y su madre creía que había abandonado esa idea por completo. 
En 1854 hubo una  epidemia de cólera; su madre moriría luego de tres días; cuando el doctor sugirió darle un baño, entró en coma y murió sin reconocer a nadie. Su padre también enfermó aunque se salvó. La familia se fue a vivir a la casa del hermano de su padre, que andaba con muletas y tenía un caracter abominable; el tío era un héroe de cincuenta y dos batallas y había llevado una vida monástica hasta su tardío matrimonio. 
Pedro pasaba los domingos con ellos.

Hubo en Rusia un ligero soplo de renovación en las ideas y la enseñanza, una mayor libertad y hasta se modernizaron los programas educativos. 
Llegó un alumno nuevo que se convirtió en el héroe del colegio y revolucionó las ideas de Tchaikovsky sobre Dios, el amor por el prójimo, la estima y el respeto por los mayores; el joven le exponía esos temas con ironía; todo fue demolido por su amigo, con su sarcasmo, su ateísmo y su pesimismo. 
Para Pedro, el porvenir se presentaba un interrogante; siempre le atrajo la música religiosa rusa y los cantos eclesiásticos, que solía cantar con su voz de tenor. 
Su padre quiso saber si su hijo tenía talento musical, pero el profesor le dijo que tenía las capacidades de un alumno superior pero que le faltaban conocimientos. 
En 1859 Pedro salió de la escuela de Derecho y entró en un departamento del Ministerio de Justicia. No le interesaba en absoluto; era un funcionario incapaz, distraído y perezoso. Experimentaba una indiferencia total hacia las mujeres, pensando que eran inútiles e insoportables. Sus tendencias sexuales eran su mayor obstáculo para su felicidad: le gustaba los púberes: no podía dominar su naturaleza. 
Vió Giselle en ballet y escuchó  Norma. En 1861 su hermana se casó. Los siervos fueron liberados y hubo reformas en los Tribunales. El padre seguía interesado en saber si su hijo estaba dotado para la música. El profesor le respondió: “No, su hijo carece de talento; posee cierta capacidad para tocar el piano, aunque no le veo posibilidades de emprender una carrera musical; además es demasiado tarde: tiene 21 años“. Pero el padre no se conformó y le dijo a Pedro; “en mi opinión tú tienes talento; deberás seguir con el Ministerio y con la musica y no  es tarde para que te conviertas en un artista”. 
Se  dejó crecer la barba y llevaba sombrero de ala ancha. Era esbelto, tenía prestancia, boca de labios carnosos con una expresión  indiferente.  
Un rico ingeniero le propuso que lo acompañara en un viaje por el extranjero como secretario e intérprete; Tchaikovsky estaba feliz; por primera vez salía de su país: Viajó a Berlín, Hamburgo, Bélgica, Londres y París durante dos meses; en otoño regresó a San Petesburgo, aturdido por la música brillante que escuchó, pero con la certeza de que junto a esta música existía otra, que apenas conocía y que tenía que ser la auténtica. 
Dejó su carrera de funcionario por la música. Comenzó un curso en el Conservatorio dirigido por Anton Rubinstein donde los alumnos trataban de superar las dificultades de la técnica. Mientras tanto daba lecciones particulares por cincuenta rublos mensuales. 
Componía con  esfuerzo; tocaba a cuatro manos piezas de Beethoven, de Glinka y los talentos nuevos europeos; luchaba por encontrar alumnos y componía dos piezas por semana. 
Un día llegó la gran noticia: Nicolás Rubinstein, hermano de Anton, venía de San Petesburgo a Moscú. Quería poner en marcha unas clases musicales con la intención de inaugurar el Conservatorio, al año siguiente. Nicolás, virtuoso director de orquesta, profesor apasionado, generoso, amante del riesgo, tocaba una música que Moscú no había escuchado antes. 
Los  hermanos Rubinstein  no se llevaban bien pero hicieron un trato: Anton le cedió el feudo moscovita para quedarse él con San Petesburgo. Anton era adorado como pianista tanto como Lizt. Quería ser el mejor compositor ruso y era su hermano quien le disputaba la gloria.  Era cinco años mayor, ya famoso y  gran seductor. 
Le encomendó componer  a su alumno una cantata con texto de Schiller: “el himno de la alegría”. Con gran lentitud compuso su primera sinfonía. Pagó cara esta ascensión pues lo privaba de horas de sueño;  bebía, lo cual le provocaba un agudo nerviosismo más una inexplicable apatía. 

Compone un poema sinfónico de amor apasionado que fue el  comienzo de su gloria. Moscú y San Petesburgo   lo reciben triunfalmente. Se interpreta la obra en el extranjero y -en el verano de 1870- un editor en Berlín compra la obra. Rubinstein la escuchó y la comparó con Chopin. Ganaba dos mil rublos en el Conservatorio anuales. Los conciertos le dejaban quinientos rublos y la crítica    varios centenares más. 
Compone la Segunda sinfonía, donde al final  introduce el tema de una canción popular rusa.  Todos los felicitan por el final folklórico,  considerándolo el mejor músico de Rusia. Es un compositor famoso, cuyas obras son juzgadas en su país y en Europa.  Sus conciertos lo pueden tocar escasos pianistas  por las dificultades técnicas que presentan.
De repente el mundo musical se volvió hostil; la crítica le reprochó que imitara ciegamente a los clásicos sin conocerlos lo suficiente. Los cortes a su ópera y a su poema sinfónico lo sumieron en la desesperación.  Se distanció de Rubinstein y la gente se alejó de él poco a poco, encontrándose más solo que nunca. El Conservatorio era el único vínculo con sus amigos pero dejarlo se volvió una obsesión. 

Francesca da Rimini refleja todas sus angustias de aquella infernal tempestad de deseos que lo arrebataba. Llevaba una vida secreta que lo angustiaba y le pedía a Dios que lo perdonase. Transmitió también estos sentimientos en Romeo, mediante una fuga salvaje, lo mismo que en sus Romanzas  donde muestra la desesperación por su inclinación amorosa perversa. 
Fue a Bayreuth en ocasión del estreno de la versión íntegra de El anillo de Nibelungo de Wagner, como corresponsal ruso y como compositor. Fue la única vez que actuó como crítico. Estaba el Emperador, Wagner, Lizt y todo  San Petesburgo, amante de la música. La orquesta estaba por primera vez por debajo del nivel de la sala. Regresó con la moral muy baja, pese a la admiración de Lizt y de algunos músicos alemanes por su obra. 
 Vakula el Herrero, fue un fracaso; Tocó su primer Cuarteto; en el Andante, el segundo movimiento, Tolstoi,  sentado a su lado, no pudo contener las lágrimas y lo felicitó. 

 En  enero de 1877 cambió su vida; apareció  una mujer viuda, madre de once hijos, ya abuela, fea y excéntrica, con una inmensa fortuna,  que   amaba con locura su música  decidió protegerlo  y lo invitó a pasar un tiempo en la mansión de huéspedes, cerca de su palacio  a 3 km de distancia.  Daba largos paseos  por el parque; se bañaba en el río por las tardes y a veces paseaba en barca con su fiel lacayo. 
 La única condición impuesta era no verse nunca, pero se escribían casi a diario. Ella tuvo conciencia de su genio y -asegurándole el dinero necesario- podría dedicarse  a la composición haciendo realidad su sueño. Dejó el Conservatorio y de dar clases.
Ya hacía tres años que se escribían. El compositor se negó a tutearla; le daba cierta tranquilidad este tipo de amistad y lo tranquilizaba económica y anímicamente. Ella ignoraba su turbulenta vida amorosa y lo  quería con un amor sublime. "Mi destino, gracias a su generosidad  es el nudo de mi arte" le escribíó el compositor.   
Lo invitó a Florencia, donde le alquila una casa cerca de donde ella se aloja;  pasaba por la calle con dos de sus hijas en un coche a caballos, mientras él está componiendo con las persianas bajas. Le dedica su IV Sinfonía. 
 La Segunda Sinfonía fue bien recibida pero no estaba satisfecho. Alguien le sugiere el tema de Eugene Onegin, de Pushkin, para una nueva ópera. En La carta a Tatiana  hay dos versos magníficos: “Toda mi vida ha sido el pago de haberte encontrado.” Con Pushkin descubrió  la riqueza de la poesía romantica.  En Onegin  se vió por primera vez en escena cosas  simples y cotidianas, cómo viven, aman y  se dejan los unos a los otros; son escenas líricas musicales de gran belleza.
Para esconder sus relaciones equívocas se casa con Antonina, a quien apenas conoce:  la vida desde el principio fue un infierno. Se divorcia al poco tiempo y ella  decide vivir en el mismo edificio donde  él   satisfacía sus interminables peticiones de dinero. 
La viuda von Meck le pregunta sobre el programa  que sigue para inspirarse en una  Sinfonía.Él le responde. “¿Cómo explicar las sensaciones que lo atraviesan a uno, cuando compone una obra instrumental sin tema definido? Es un proceso puramente lírico. Es una confesión del alma, que tiene mucho que decir y, lo mismo que el poeta se desahoga en sus versos, la música se desahoga en los sonidos.”
Escribió  La Doncella de Orléans, inspirada en la tragedia de Shiller.

La IV Sinfonía fue un triunfo;  estrenada en San Petesburgo  tuvo mayor éxito que en Moscú. Los músicos y el publico la elogiaban aunque la crítica fue severa. 
La Tempestad en América y en Londres obligó a la prensa alemana a hablar del artista ruso. 
Escribe El Concierto número I para piano y el único Concierto para violín.  
Cuando estrenaron la IV Sinfonía en París, de lejos vio a Madame von Meck en un palco.
La vida artística en esa ciudad era excepcional; los teatros estaban  siempre llenos. Sentía en ese momento una fuerza de inspiración única.  Nicolás Rubinstein le  escribió y todo el mundo estaba entusiasmado con su ópera.  La primera representación  fue en 1879. Asistió Anton Rubinstein. "Las coplas de Triquet",  una parte de la ópera, fue muy aplaudidas. Le colocaron  una corona de laurel en la frente y se dieron discursos a los cuales tuvo que responder. Tuvo que cambiar la escena donde Tatiana cae en brazos de Onegin, porque escandalizó  a los espectadores. La crítica la denominó “algo musical e íntimo”. Rubinstein declaró que era “un libreto demasiado banal lo cual había estropeado la ópera.
Cada tanto tenía bajones anímicos y se sentía sin fuerza ni energía.  Sus numerosos viajes  al extranjero en 1880 lo alejan de la vida musical moscovita y de San Petesburgo durante tres años.  Sus compatriotas lo consideraban una celebridad.
 Eugene Onegin en Moscú y La Doncella de Orleans en Petesburgo se volvieron a representar y   tuvieron mucho éxito de nuevo "las coplillas de Triquet". Onegin fue compuesta con más espontaneidad mientras La Doncella de Orléans era una obra reflexiva, más calculada. El Capriccio italiano también mereció el aplauso. 
Dos acontecimientos  lo conmocionaron: asesinaron al emperador en Capri y  le anunciaron que Anton Rubinstein  en Niza estaba muy grave; salió para Niza, pero Rubinstein ya estaba en París, donde murió. Compuso  un trío y se lo dedicó. Es una de las composiciones más logradas y más bella en la música de cámara.
Tchaikovsky amaba la música francesa, que se diferenciaba por su tendencia intimista , ligera, con combinaciones extraordinarias. 
En esa época su inclinación amorosa se volvió una necesidad continua, una angustia sin tregua. Su mayordomo  advirtió el cambio desde su regreso a Rusia. Aquella ansiedad perversa la volcó en los sonidos musicales de   obras magistrales.  Envidiaba la gente que creía en Dios y ya no temía la muerte ni el horror a lo desconocido.  
Compró una casa en Klin; encontró con ventanas que daban a un jardín lleno de flores;  en el fondo del jardín corría un  riachuelo. Le llevaron el viejo piano que no permitía que lo tocara nadie; compró un antiguo reloj inglés y numerosos objetos. Su mayordomo colgó las cortinas, preparó la casa, colocó los libros y pegó fotos en la pared. Estaba contento. Había una habitación de huéspedes. La casa estaba a dos km de la estación y el viaje a Moscú duraba dos horas y media.Debía ir pues era uno de los directores de la Asociación Musical. En Moscú, Anton Rubinstein organizaba conciertos históricos que hicieron época en la vida musical rusa. Al atardecer regresaba a su casa, donde llevaba una vida tranquila y bien organizada, gracias a su leal mayordomo. Por la mañana fumaba, tomaba  té  y  componía. Daba un paseo de dos horas diarias, que no interrumpía  ni siquiera cuando tenía invitados. A su regreso tocaba en el piano. A diario escribía veinte cartas. Muchas veces, presa de gran excitación nerviosa y oscuros deseos se iba a Klin, a la salida del colegio, cuando los chicos   volvían a sus casas corriendo, con los libros bajo el brazo; para ellos era un señor muy generoso que les regalaba bombones y les daba dinero. 
En su casa recibía diarios, revistas, libros y en ocasiones algunos amigos venían de Moscú. Tocaban el piano a cuatro manos; si estaba solo acostumbraba a hacer solitarios. Su vida seguía un ritmo determinado: en el umbral de la vejez renunció a seguir siendo un nómada. En lo emotivo nada cambió ni su tormento ni su sed insaciable por los púberes: mantenía una vida secreta; Reescribió nuevamente Vakula el Herrero  y la pulió  hasta convertirla en una obra auténticamente bella. Consideraba las óperas la única manera de alcanzar al gran público. Se sentía fascinado por el lujo del  escenario, las luces, la actuación,  las voces magnífica de las cantantes,  el decorado y el vestuario. El Zar junto a la zarina y miembros de la corte imperial asistían. Los aplausos y las salidas a escena lo llenaban de orgullo.     
 Pero sentía que lo alcanzaba la vejez sufría  de asma, de dolores estomacales y de insomnio.   Se sentía  fatigado, comía  y salía poco. 
 Adoraba a su sobrino  a quien le dejó todos sus bienes; Bob era un joven encantador, bello  mimado y lleno de talento, que prefería la compañía de sus primos a su tío quejumbroso.  
Un día lo despertó un telegrama de San Petesburgo anunciándole la muerte de sus sobrina en un baile de disfraces;  se drogaba y siempre rechazó a todo pretendiente; un día quedó embarazada. Él  llevó el niño a París y lo dieron en adopción. Con el tiempo su hermano Nicolás y su mujer, que no podían tener hijos,  lo adoptaron. EL compositor  ayudó en  todo los trámites.
En 1888  partió en una gira de conciertos a París, Praga, Leipzig y Londres. La Doncella de Orléans había sido montada en Praga y en Alemania y era muy conocida. Lo invitaban como director de orquesta y como autor de sinfonías. En dos años  aprendió  a no tenerle miedo a los estrenos. 
Compuso la Quinta Sinfonía
Al componer La Bella durmiente estaba ebrio de sonidos. Lucha por huir de sus habituales fortissimos de sus obras anteriores, que atronaban con la fuerza de las trompetas y los trombones. Quería evitar ese efecto en este nuevo ballet. Sigue siendo un clásico y tal vez el mejor ballet de todos los tiempos.
Se fue  a Italia. Compuso La Dama de Pique: el futuro consideró esta  obra apasionada, bella y algo amoral. 
 Componía dando rienda suelta a sus emociones, sin ocuparse  de ser original.  
Le  encargaron Cascanueces y Yolanda. Se fue a América donde triunfó. 
Sin embargo, no era feliz; su extrema sensibilidad le impedía serlo y la culpa lo atormentaba. Su relación con Madame von Meck se debilitó; ya no tenía constante necesidad de su dinero ni de la correspondencia diaria que mantuvieron durante trece años. 
 Miraba su arte como un medio de obtener un reconocimiento universal.  Lo único que le impedía romper esa relación era la pensión generosa que recibía; se  escribían ahora en aisladas ocasiones.  
Cuando  se  enteró de su vida amorosa  se apartó y dejó de pagarle la pensión de 18.000 rublos  anales y de escribirse. El le escribió con nobleza, pero ella jamás respondió.  En Hamburgo se representaba  Onegin y en Praga La Dama de Pique. Era necesario ir y   se encontró con antiguos alumnos  que eran profesores de música. 
Un día le llegó una carta de su querida   Fanny, luego de cuarenta años. Supo  de su fama y le recordó su existencia; quería verlo y le pedía noticias de su familia. No había olvidado a ninguno. La vio seis meses después. Le señalaron una diminuta ciudad con una pequeña iglesia, una casa modesta en una calle tranquila. Vino a su encuentro una anciana fuerte de rostro envejecido pero sin una sola cana y con gestos vivaces: la reconoció de inmediato. ¡Pierre!, gritó  y se puso a llorar; estaban muy emocionados. Ella le habló de su madre,  le mostró algunas cartas y su diario infantil; le recordó cuando oyó a Chopin por primera vez. Se quedó todo ese día y volvió a la mañana siguiente. Ella daba clases y no podía acogerlo como hubiera deseado. Rechazó el dinero que le ofreció. Todos en ese pueblo le debían parte de su educación. 
Compuso Cascanueces y Yolanda. 
Escribió su Sexta  Sinfonía Sinfonía trágica, donde expresaba con música  el amor que sentía y no osaba declarar en voz alta; era su verdad expresada en música; se la dedicó a su adorado sobrino Bob.La gente la aplaudió sin entusiasmo. Su hermano la denominó la Sinfonía patética y el compositor adaptó el título. 

En una comida bebió agua sin hervir  en tiempos de una nueva epidemia de cólera. Tuvo disentería y vómitos que lo debilitaron en unas horas. El médico temía lo peor. Cuarenta años antes había muerto su madre de la misma enfermedad. Ya no reconocía; Bob que estaba a su lado; por la noche comenzó el edema pulmonar; murió El 25 de octubre. 
Pasó mucho tiempo para que surgiera una nueva figura musical rusa.  Stravinsky podría ser una excepción pero jamás a su altura.
 Entre sus obras más conocidas están los  ballets  El lago de los cisnes y La Bella Durmiente  obras maestras  que  siguen siendo  representadas.    El Trío para cuerdas es una sublime composición instrumental; el concierto Nro 1 para piano solamente para virtuosos;   en la Sinfonía trágica, se encuentra su  mayor carácter dramático, comenzando con un   adagio,  algo totalmente inusual. Internacionalmente es considerado el mejor compositor de Rusia, quien introdujo los temas intimistas y el folklore ruso en sus obras, algunas magistrales.


Bibliografía. Berberova, Nina