miércoles, 30 de marzo de 2016
EL PUESTO DEL HOMBRE EN EL COSMOS
EL PUESTO DELHOMBRE EN EL COSMOS
El hombre ha alcanzado el espíritu a través de sucesivas
depuraciones y a lo largo de toda la evolución. El individuo oscila entre el reino del valor y el reino del espíritu. No es ni
una depuración de la raza ni un animal evolutivo; posee un alma y por lo mismo
la capacidad de regresar al mundo de los valores.
martes, 22 de septiembre de 2015
El Bombardeo- Londres
domingo, 29 de marzo de 2015
LA VEJEZ
sábado, 22 de noviembre de 2014
TCHAIKOVSKY
TCHAIKOVSKY
Su padre se casó dos veces; quedó viudo con una hija que se educó en un convento. La familia creció: Nicolás, luego Pedro, más tarde Alexandra e Hipólito, los mellizos. Cuando tenía cuatro años llegó a su casa una institutriz francesa Fanny, que él adoró y ella lo protegía sabiendo que era especialmente hipersensible. Lo llamaba “su hombrecito de cristal“. Tenía una inteligencia despierta, mucho encanto, imaginación y voluntad. Tanto en verso como en prosa era capaz de desarrollar temas patrióticos y religiosos; su corazón estaba lleno de sentimientos excesivos: éxtasis, piedad, adoración: lloraba a menudo. Adoraba a su madre y a Fanny y quería a su padre. Su hermano Nicolás soñaba con aprender a bailar; Pedro sólo pensaba en inventar rimas y escribir, expresar sus sentimientos y buscarles una salida.
La pianola -último invento de la técnica musical- lo maravilló. La flauta traversa de su padre y la voz de su madre eran sólo recuerdos. Fanny desconocía la música. En el hogar ruso había un piano de cola y de vez en cuando algún visitante tocaba una polca u otra danza.
Un día un oficial polaco, brillante músico, se sentó y tocó las mazurcas de Chopin. Un temblor se apoderó de él, el mismo que habría de repetirse durante toda su vida cada vez que escuchara música de Mozart. En Navidad lo llevaron al teatro, a la ópera y al ballet. La orquesta sinfónica escuchada por primera vez lo estremeció.
Empezaron los estudios y se acabó la infancia. Sus padres decidieron enviarlo a la Escuela de Derecho en Moscú; jamás olvidaría cuando su madre regresó con los mellizos, su padre y los sirvientes a San Peterburgo.
Su tío Modesto lo alojó en su casa. En mayo de 1852 no llegaron sus padres de San Petesburgo; al padre le iba mal en el comercio y debía ahorrar. La repentina catástrofe financiera de la familia llegó poco depués, donde su padre perdió todo el dinero; fue un golpe terrible.
Empezó una nueva época. Nicolás y Pedro regresaron tras los exámenes a su casa a pasar las vacaciones de verano; nadie hablaba de su antigua pasión por la música y su madre creía que había abandonado esa idea por completo.
En 1854 hubo una epidemia de cólera; su madre moriría luego de tres días; cuando el doctor sugirió darle un baño, entró en coma y murió sin reconocer a nadie. Su padre también enfermó aunque se salvó. La familia se fue a vivir a la casa del hermano de su padre, que andaba con muletas y tenía un caracter abominable; el tío era un héroe de cincuenta y dos batallas y había llevado una vida monástica hasta su tardío matrimonio.
Pedro pasaba los domingos con ellos.
Hubo en Rusia un ligero soplo de renovación en las ideas y la enseñanza, una mayor libertad y hasta se modernizaron los programas educativos.
Llegó un alumno nuevo que se convirtió en el héroe del colegio y revolucionó las ideas de Tchaikovsky sobre Dios, el amor por el prójimo, la estima y el respeto por los mayores; el joven le exponía esos temas con ironía; todo fue demolido por su amigo, con su sarcasmo, su ateísmo y su pesimismo.
Para Pedro, el porvenir se presentaba un interrogante; siempre le atrajo la música religiosa rusa y los cantos eclesiásticos, que solía cantar con su voz de tenor.
Su padre quiso saber si su hijo tenía talento musical, pero el profesor le dijo que tenía las capacidades de un alumno superior pero que le faltaban conocimientos.
En 1859 Pedro salió de la escuela de Derecho y entró en un departamento del Ministerio de Justicia. No le interesaba en absoluto; era un funcionario incapaz, distraído y perezoso. Experimentaba una indiferencia total hacia las mujeres, pensando que eran inútiles e insoportables. Sus tendencias sexuales eran su mayor obstáculo para su felicidad: le gustaba los púberes: no podía dominar su naturaleza.
Vió Giselle en ballet y escuchó Norma. En 1861 su hermana se casó. Los siervos fueron liberados y hubo reformas en los Tribunales. El padre seguía interesado en saber si su hijo estaba dotado para la música. El profesor le respondió: “No, su hijo carece de talento; posee cierta capacidad para tocar el piano, aunque no le veo posibilidades de emprender una carrera musical; además es demasiado tarde: tiene 21 años“. Pero el padre no se conformó y le dijo a Pedro; “en mi opinión tú tienes talento; deberás seguir con el Ministerio y con la musica y no es tarde para que te conviertas en un artista”.
Se dejó crecer la barba y llevaba sombrero de ala ancha. Era esbelto, tenía prestancia, boca de labios carnosos con una expresión indiferente.
Un rico ingeniero le propuso que lo acompañara en un viaje por el extranjero como secretario e intérprete; Tchaikovsky estaba feliz; por primera vez salía de su país: Viajó a Berlín, Hamburgo, Bélgica, Londres y París durante dos meses; en otoño regresó a San Petesburgo, aturdido por la música brillante que escuchó, pero con la certeza de que junto a esta música existía otra, que apenas conocía y que tenía que ser la auténtica.
Dejó su carrera de funcionario por la música. Comenzó un curso en el Conservatorio dirigido por Anton Rubinstein donde los alumnos trataban de superar las dificultades de la técnica. Mientras tanto daba lecciones particulares por cincuenta rublos mensuales.
Componía con esfuerzo; tocaba a cuatro manos piezas de Beethoven, de Glinka y los talentos nuevos europeos; luchaba por encontrar alumnos y componía dos piezas por semana.
Un día llegó la gran noticia: Nicolás Rubinstein, hermano de Anton, venía de San Petesburgo a Moscú. Quería poner en marcha unas clases musicales con la intención de inaugurar el Conservatorio, al año siguiente. Nicolás, virtuoso director de orquesta, profesor apasionado, generoso, amante del riesgo, tocaba una música que Moscú no había escuchado antes.
Los hermanos Rubinstein no se llevaban bien pero hicieron un trato: Anton le cedió el feudo moscovita para quedarse él con San Petesburgo. Anton era adorado como pianista tanto como Lizt. Quería ser el mejor compositor ruso y era su hermano quien le disputaba la gloria. Era cinco años mayor, ya famoso y gran seductor.
Le encomendó componer a su alumno una cantata con texto de Schiller: “el himno de la alegría”. Con gran lentitud compuso su primera sinfonía. Pagó cara esta ascensión pues lo privaba de horas de sueño; bebía, lo cual le provocaba un agudo nerviosismo más una inexplicable apatía.
Compone un poema sinfónico de amor apasionado que fue el comienzo de su gloria. Moscú y San Petesburgo lo reciben triunfalmente. Se interpreta la obra en el extranjero y -en el verano de 1870- un editor en Berlín compra la obra. Rubinstein la escuchó y la comparó con Chopin. Ganaba dos mil rublos en el Conservatorio anuales. Los conciertos le dejaban quinientos rublos y la crítica varios centenares más.
Compone la Segunda sinfonía, donde al final introduce el tema de una canción popular rusa. Todos los felicitan por el final folklórico, considerándolo el mejor músico de Rusia. Es un compositor famoso, cuyas obras son juzgadas en su país y en Europa. Sus conciertos lo pueden tocar escasos pianistas por las dificultades técnicas que presentan.
De repente el mundo musical se volvió hostil; la crítica le reprochó que imitara ciegamente a los clásicos sin conocerlos lo suficiente. Los cortes a su ópera y a su poema sinfónico lo sumieron en la desesperación. Se distanció de Rubinstein y la gente se alejó de él poco a poco, encontrándose más solo que nunca. El Conservatorio era el único vínculo con sus amigos pero dejarlo se volvió una obsesión.
Francesca da Rimini refleja todas sus angustias de aquella infernal tempestad de deseos que lo arrebataba. Llevaba una vida secreta que lo angustiaba y le pedía a Dios que lo perdonase. Transmitió también estos sentimientos en Romeo, mediante una fuga salvaje, lo mismo que en sus Romanzas donde muestra la desesperación por su inclinación amorosa perversa.
Fue a Bayreuth en ocasión del estreno de la versión íntegra de El anillo de Nibelungo de Wagner, como corresponsal ruso y como compositor. Fue la única vez que actuó como crítico. Estaba el Emperador, Wagner, Lizt y todo San Petesburgo, amante de la música. La orquesta estaba por primera vez por debajo del nivel de la sala. Regresó con la moral muy baja, pese a la admiración de Lizt y de algunos músicos alemanes por su obra.
Vakula el Herrero, fue un fracaso; Tocó su primer Cuarteto; en el Andante, el segundo movimiento, Tolstoi, sentado a su lado, no pudo contener las lágrimas y lo felicitó.
En enero de 1877 cambió su vida; apareció una mujer viuda, madre de once hijos, ya abuela, fea y excéntrica, con una inmensa fortuna, que amaba con locura su música decidió protegerlo y lo invitó a pasar un tiempo en la mansión de huéspedes, cerca de su palacio a 3 km de distancia. Daba largos paseos por el parque; se bañaba en el río por las tardes y a veces paseaba en barca con su fiel lacayo.
La única condición impuesta era no verse nunca, pero se escribían casi a diario. Ella tuvo conciencia de su genio y -asegurándole el dinero necesario- podría dedicarse a la composición haciendo realidad su sueño. Dejó el Conservatorio y de dar clases.
Ya hacía tres años que se escribían. El compositor se negó a tutearla; le daba cierta tranquilidad este tipo de amistad y lo tranquilizaba económica y anímicamente. Ella ignoraba su turbulenta vida amorosa y lo quería con un amor sublime. "Mi destino, gracias a su generosidad es el nudo de mi arte" le escribíó el compositor.
Lo invitó a Florencia, donde le alquila una casa cerca de donde ella se aloja; pasaba por la calle con dos de sus hijas en un coche a caballos, mientras él está componiendo con las persianas bajas. Le dedica su IV Sinfonía.
La Segunda Sinfonía fue bien recibida pero no estaba satisfecho. Alguien le sugiere el tema de Eugene Onegin, de Pushkin, para una nueva ópera. En La carta a Tatiana hay dos versos magníficos: “Toda mi vida ha sido el pago de haberte encontrado.” Con Pushkin descubrió la riqueza de la poesía romantica. En Onegin se vió por primera vez en escena cosas simples y cotidianas, cómo viven, aman y se dejan los unos a los otros; son escenas líricas musicales de gran belleza.
Para esconder sus relaciones equívocas se casa con Antonina, a quien apenas conoce: la vida desde el principio fue un infierno. Se divorcia al poco tiempo y ella decide vivir en el mismo edificio donde él satisfacía sus interminables peticiones de dinero.
La viuda von Meck le pregunta sobre el programa que sigue para inspirarse en una Sinfonía.Él le responde. “¿Cómo explicar las sensaciones que lo atraviesan a uno, cuando compone una obra instrumental sin tema definido? Es un proceso puramente lírico. Es una confesión del alma, que tiene mucho que decir y, lo mismo que el poeta se desahoga en sus versos, la música se desahoga en los sonidos.”
Escribió La Doncella de Orléans, inspirada en la tragedia de Shiller.
La IV Sinfonía fue un triunfo; estrenada en San Petesburgo tuvo mayor éxito que en Moscú. Los músicos y el publico la elogiaban aunque la crítica fue severa.
La Tempestad en América y en Londres obligó a la prensa alemana a hablar del artista ruso.
Escribe El Concierto número I para piano y el único Concierto para violín.
Cuando estrenaron la IV Sinfonía en París, de lejos vio a Madame von Meck en un palco.
La vida artística en esa ciudad era excepcional; los teatros estaban siempre llenos. Sentía en ese momento una fuerza de inspiración única. Nicolás Rubinstein le escribió y todo el mundo estaba entusiasmado con su ópera. La primera representación fue en 1879. Asistió Anton Rubinstein. "Las coplas de Triquet", una parte de la ópera, fue muy aplaudidas. Le colocaron una corona de laurel en la frente y se dieron discursos a los cuales tuvo que responder. Tuvo que cambiar la escena donde Tatiana cae en brazos de Onegin, porque escandalizó a los espectadores. La crítica la denominó “algo musical e íntimo”. Rubinstein declaró que era “un libreto demasiado banal lo cual había estropeado la ópera.Cada tanto tenía bajones anímicos y se sentía sin fuerza ni energía. Sus numerosos viajes al extranjero en 1880 lo alejan de la vida musical moscovita y de San Petesburgo durante tres años. Sus compatriotas lo consideraban una celebridad.
Eugene Onegin en Moscú y La Doncella de Orleans en Petesburgo se volvieron a representar y tuvieron mucho éxito de nuevo "las coplillas de Triquet". Onegin fue compuesta con más espontaneidad mientras La Doncella de Orléans era una obra reflexiva, más calculada. El Capriccio italiano también mereció el aplauso.
Dos acontecimientos lo conmocionaron: asesinaron al emperador en Capri y le anunciaron que Anton Rubinstein en Niza estaba muy grave; salió para Niza, pero Rubinstein ya estaba en París, donde murió. Compuso un trío y se lo dedicó. Es una de las composiciones más logradas y más bella en la música de cámara.
Tchaikovsky amaba la música francesa, que se diferenciaba por su tendencia intimista , ligera, con combinaciones extraordinarias.
Compró una casa en Klin; encontró con ventanas que daban a un jardín lleno de flores; en el fondo del jardín corría un riachuelo. Le llevaron el viejo piano que no permitía que lo tocara nadie; compró un antiguo reloj inglés y numerosos objetos. Su mayordomo colgó las cortinas, preparó la casa, colocó los libros y pegó fotos en la pared. Estaba contento. Había una habitación de huéspedes. La casa estaba a dos km de la estación y el viaje a Moscú duraba dos horas y media.Debía ir pues era uno de los directores de la Asociación Musical. En Moscú, Anton Rubinstein organizaba conciertos históricos que hicieron época en la vida musical rusa. Al atardecer regresaba a su casa, donde llevaba una vida tranquila y bien organizada, gracias a su leal mayordomo. Por la mañana fumaba, tomaba té y componía. Daba un paseo de dos horas diarias, que no interrumpía ni siquiera cuando tenía invitados. A su regreso tocaba en el piano. A diario escribía veinte cartas. Muchas veces, presa de gran excitación nerviosa y oscuros deseos se iba a Klin, a la salida del colegio, cuando los chicos volvían a sus casas corriendo, con los libros bajo el brazo; para ellos era un señor muy generoso que les regalaba bombones y les daba dinero.
En su casa recibía diarios, revistas, libros y en ocasiones algunos amigos venían de Moscú. Tocaban el piano a cuatro manos; si estaba solo acostumbraba a hacer solitarios. Su vida seguía un ritmo determinado: en el umbral de la vejez renunció a seguir siendo un nómada. En lo emotivo nada cambió ni su tormento ni su sed insaciable por los púberes: mantenía una vida secreta; Reescribió nuevamente Vakula el Herrero y la pulió hasta convertirla en una obra auténticamente bella. Consideraba las óperas la única manera de alcanzar al gran público. Se sentía fascinado por el lujo del escenario, las luces, la actuación, las voces magnífica de las cantantes, el decorado y el vestuario. El Zar junto a la zarina y miembros de la corte imperial asistían. Los aplausos y las salidas a escena lo llenaban de orgullo.
Adoraba a su sobrino a quien le dejó todos sus bienes; Bob era un joven encantador, bello mimado y lleno de talento, que prefería la compañía de sus primos a su tío quejumbroso.
Un día lo despertó un telegrama de San Petesburgo anunciándole la muerte de sus sobrina en un baile de disfraces; se drogaba y siempre rechazó a todo pretendiente; un día quedó embarazada. Él llevó el niño a París y lo dieron en adopción. Con el tiempo su hermano Nicolás y su mujer, que no podían tener hijos, lo adoptaron. EL compositor ayudó en todo los trámites.
Compuso la Quinta Sinfonía.
Miraba su arte como un medio de obtener un reconocimiento universal. Lo único que le impedía romper esa relación era la pensión generosa que recibía; se escribían ahora en aisladas ocasiones.
Cuando se enteró de su vida amorosa se apartó y dejó de pagarle la pensión de 18.000 rublos anales y de escribirse. El le escribió con nobleza, pero ella jamás respondió. En Hamburgo se representaba Onegin y en Praga La Dama de Pique. Era necesario ir y se encontró con antiguos alumnos que eran profesores de música.
Escribió su Sexta Sinfonía o Sinfonía trágica, donde expresaba con música el amor que sentía y no osaba declarar en voz alta; era su verdad expresada en música; se la dedicó a su adorado sobrino Bob.La gente la aplaudió sin entusiasmo. Su hermano la denominó la Sinfonía patética y el compositor adaptó el título.
Bibliografía. Berberova, Nina
viernes, 19 de septiembre de 2014
EL ECO
En Genio y Figura de Jorge Luís Borges, Alicia Jurado sostiene que INQUISICIONES es un libro de ensayos breves; Borges los denomina “mi prosa desganada de enviones cortos” y afirma que “fue una ejecución de mis 25 años, una haraganería aplicada a las letras. Yo no sé si hay literatura, pero sé que el barajar esa disciplina posible fue una urgencia de mi ser “.
Alicia Jurado afirma que los temas de estos primeros ensayos son casi sin excepción literarios; nos habla de Quevedo, Valery, Wilde, el Quijote, Pascal y otros; están escritos con originalidad, entusiasmo y no “poca pedantería”, aunque a los veinticinco años, el entusiasmo y la pedantería son atributos normales. (Páginas 44-45).
Este estilo, sin embargo, no germinó de improviso; fue limando asperezas, eliminando rasgos tal vez agresivos y aún barrocos. En INQUISICIONES encontramos un idioma de prosa saturado de una erudición a flor de piel con amalgamientos que, sin ser absolutamente incomprensibles, detienen al lector e interceptan el curso natural de las secuencias. Su erudición de joven literario enloquece hasta al lector culto e inteligente. Admitió lo siguiente: "Yo mismo me disfracé de gran escritor clásico español latinizante del S XVII y esta impostura fracasó”.
Mucha gente conoce a Borges; lo detiene, lo saluda, aunque jamás hayan leído una línea suya. Con él -admite Anderson Imbert- ocurre un fenómeno extraño; un hombre en cuyas manos la literatura es un juego que le permitió transitar los más encontrados caminos filosóficos, las más disparatadas teorías e hipótesis a través de páginas perfectas, dándole a su obra la relativa importancia que un relojero puede sentir hacia un cronómetro que armó y que funciona bien. (Ídem, p.32).
Sin tener nada de fácil ni su prosa ni su poesía, siendo sus libros comprados por muchos, aunque leídos por pocos y comprendidos por menos, logró en su país y en el extranjero trascender los límites de la literatura, a fin de transformarse en un mito. Una serie de acontecimientos alimentan ese mito; su ceguera, la edad, su soledad, su rígida figura estática, su digna posición de semi-héroe o de adusto prócer, sus opiniones rígidas e intransigentes. Pero -insisto- pocos lo leen y menos aun lo comprenden.
A él, pues, dedico estos ecos de su obra, que le pertenecen por completo, ya que si Borges no los hubiera escrito, esta otra obra no habría visto la luz.
Mientras algunos afirman que “los pensamientos de Pascal sirven para pensar, Borges sostiene que todo existe en el universo como estímulo del pensamiento, pero que jamás vio en esos memorables incentivos una contribución a los problemas reales.
Su definición sobre la naturaleza es la misma que la atribuida a Platón y en el Renacimiento, a Rabelais: ”el espacio es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.”
Fue uno de los hombres más patéticos de la historia; esta afirmación nos los confirma: “moriremos solos”. No pudiendo alcanzar jamás la altura de los místicos, suponía en el cielo era un premio a nuestros esfuerzos y el infierno, en oposición, el castigo. No le interesaba tanto Dios como la impugnación de quienes osaban negarlo. Tal vez solamente se ocupó del incrédulo, como de esa oveja negra y descarriada que cita el Evangelio y que se le atribuye a una de las parábolas de Cristo: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.”
El Quijote contrapone a su universo prosaico al cosmos poético e ideal su universo prosaico; toma lo real y lo poético como opuestos, insinuando lo sobrenatural en forma sutil, oponiéndose con sus “polvoriento caminos y sus sórdidos mesones castellanos”. Crea la poesía española de fines del Siglo de Oro, sin percibir aquel siglo ni aquella España como divinamente poéticos.
Cervantes ama lo sobrenatural; este amor se nutre de las novelas eglógicas y de las de Caballería, que pululaban sin agotarse todavía; se mueve entre adustos caballeros y románticos cautiverios, ya que -en suma- el Quijote no es un contraataque pastoril sino un oculto y secreto adiós melancólico a esas novelas tan celebradas.
La obra posee un plan ideal, lo cual tiende a confundir lo objetivo de los subjetivo. Es un juego de extrañas ambigüedades, donde los mismos personajes inventados son a la vez lectores de sí mismos. Sin embargo, no preocupa que el Quijote sea lector de la novela cervantina, ya que si él puede ser espectador, nosotros a su vez bien podemos ser en un todo meramente ficticios. Borges admite que la historia universal “es un infinito libro sagrado donde todos los hombres escriben y leen y tratan de entender y en el que también escriben”.
Si Hegel resucitara y nos diría que "el Estado es la realidad de la idea moral" nos parecería una broma siniestra: para los argentinos, la amistad es una pasión y la policía, una mafia canallesca.
Me interrogo sobre la abstracta posibilidad de un partido que poseyera una cierta similitud con nuestros ciudadanos, partido que pudiera ofrecernos una mínima mesura de gobierno.
***
Parménide
Los presocráticos nos hablan de una esfera sin fin; la imagen reaparece en el célebre y simbólico "Romain de
espíritu: podría llevarse a término “sin mencionar un solo escritor”.
Veinte años antes Shelley dictaminó que ”todos los poemas del pasado, presente y futuro son fragmentos de un solo poema infinito”. Aquí nos ocuparemos de una idea a través de tres escritores.
Coleridge dice literalmente: ”si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor, como prueba de haber estado allí y, al despertar, encontrara esa flor en su mano: ¿Qué sucedería?”
El segundo texto pertenece a un novela del S XIX, reescrita años después. Su protagonista viaja al futuro. Regresa rendido con polvo y maltratado. Retorna desde una humanidad dividida en variedades que se abominan, habitando palacios y devastados jardines; está encanecido y trae del futuro una flor marchita, -más increíble que la flor del cielo de Coleridge-.
La tercera versión pertenece a a Henry James en una novela fantástica inconclusa. Esta vez el protagonista viaja al futuro en un inimaginable vehículo que avanza y retroceda en el tiempo.
Regresa al S XVIII y ya no retorna con una flor divina ni con una flor futura sino viéndose retratado en dicho siglo; fascinado con el experimento se traslada a la fecha de ejecución y se encuentra con el pintor, en el momento que pinta la tela con cierta aversión, pues intuye una anomalía en esos rasgos del porvenir: sería el famoso “regreso al infinito:” El motivo del viaje sería solo una de las consecuencias del trayecto.
Wells ciertamente conocía el texto de Coleridge y James admiraba el texto de Wells.
Si todos los autores somos un mismo autor, la literatura es y seguirá siendo lo esencial.
La originalidad entonces no tendría cabida.
Oscar Wilde fue un dandi poeta, un caballero con metáforas. Su obra evoca la noción del arte como un juego selecto y secreto.
Fue acusado de ejercer una suerte de arte combinatoria; quizá la ejerció en algunas de sus bromas, cuando afirma “unos de esos rostros británicos que, vistos una vez, siempre se olvidan” o cuando afirma que “que todos los hombres matan la cosa que aman” o “ que arrepentirse de un acto es modificar el pasado”, o “no hay hombre que no sea, en cada momento, lo que ha sido y lo que será”. Fue un auténtico hombre del S XIX con un dejo Simbolista: hábil y diestro, un clásico en suma.
Le cedió a su siglo lo que el siglo le exigía; comedias melodramáticas junto a sus arabescos verbales y todo elaborado con una negligente despreocupación -tal como Mozart o
Paradójicamente su nombre está relacionado con el puritanismo, mientras su gloria se vincula a su condena y prisión.
No obstante, Quevedo no fue inferior a otros autores, aunque no poseyó un símbolo que lo representara: Homero tuvo el "areté" de Príamo, besándole las manos a Aquiles, el asesino de su hijo Héctor; Sófocles, el más patético descifrador de enigmas, en la figura de Edipo hubo de adivinar el horror de su propio origen; Cervantes, el hidalgo don Quijote y el terrestre Sancho Panza; Dante, sus nueve círculos, las Rosa de los Justos y el Empíreo, y Kafka, el magisterio de sus laberintos. No existe un escritor de fama universal sin un símbolo objetivo y eterno.
Quevedo es y fue un auténtico literato; nadie, con vocación literaria se permitirá el lujo de no admirarlo y, sin embargo, no fue ni un político ni un filósofo ni tan siquiera un teólogo.
Para él, la transmigración de las almas era una “simple bobería” y a los gnósticos los apodaba sin respeto alguno “inventores de disparates”. A Dios, el Rey de los judíos, y a su gobierno lo tildaba de “un sistema completo acertado y conveniente,” y a sus parábolas las veía como símbolos secretos, que un político debía resolver. He aquí dos claros ejemplos: a) en la parábola de “La samaritana” descifra que los tributos reales deberían ser más leves y b) en la de los “Panes y los peces, que el rey debería percibir las necesidades de los afligidos. Nos asombra su método y la trivialidad de sus propias conclusiones, pero se salva bajo la dignidad de su lenguaje y de su talento.
Ha frecuentado varios estilos y todos con la facilidad del que nada le cuesta; el estilo aparentemente coloquial en EL BUSCÓN; un estilo desenfrenado que jamás peca de ilógico le sigue en
En el gran ámbito de su lírica abarca desde los sonetos reflexivos, en los cuales se aproxima un tanto a Wordsworth: /con los doce cené / yo fui su cena/ hasta los gongorismos culteranos, intercalados, a fin de probarnos que él también era capaz de jugar a ser Góngora, deslizándose de vez en cuando por la impronta renacentista de Petrarca y de Garcilaso / humildes soledad verde y sonora / o deteniéndose en las brevedades latinas o en las burlas plenas de fuegos de artificios o en las lóbregas pompas que preludian el caos.
En múltiples ocasiones encuentra el origen de sus creaciones entre los clásicos; su memorable último verso de su archiconocido soneto /polvo serán mas polvo enamorado/ fue tomado dir (1).Sus mejores piezas no son ni oscuras ni enigmáticas; son, sí, objetos verbales, puros e independientes, tal el filo a una daga. El lenguaje es para él un instrumento lógico, no artístico ni científico. Las eternidades poéticas lo molestaban, no tanto por ser fáciles como por ser falsas, pues veía en la metáfora no sólo la relación inmediata de dos imágenes sino también la metódica asimilación de dos cosas.
Hombre apasionado, carnal y vehemente, luchó por alcanzar la cima del ascetismo estoico y en esa pugna por la gran batalla emerge en ciertas piezas magistrales una velada melancolía, un coraje secreto y hasta el desengaño de las caricias del sexo débil.
Tres siglos nos divorcian de su muerte corpórea; tres siglos nos desunen del primer poeta hispánico de valía pues, al igual que el Dante, Goethe o Shakespeare, Francisco de Quevedo es -antes que un hombre- un ser intelectual de compleja y dilatada literatura.
Para Alemania y Austria, el Fausto de Goethe es una genial obra maestra; para otros, podría ser una forma total de aburrimiento, como el Paraíso de Milton o la obra de Rabelais.
Las obras de Job, de Dante (su Comedia) o de Shakespeare (Macbeth) o ciertas sagas del Norte, que pueden ciertamente gozar de una inmortalidad, si bien no conocemos su futuro.
La belleza es privilegio de algunos escasos escritores, aunque podía estar al acecho entre páginas mediocres o en un simple diálogo en la calle.
La gloria de un poeta se subordina a la excitación o a la indolencia de generaciones de individuos anónimos, que lo examinan en sus bibliotecas.
Las emociones en literatura pueden ser eternas, variando en forma leve a fin de que no claudique su virtud. Pueden tal vez desgastarse, mientras las recorre el ávido lector: es el peligro de poder afirmar con plena convicción de que existen obras clásicas eternas.
Cada cual descree de su arte y de sus juegos de artificios. Clásico no siempre es un libro que posee ciertos méritos; es solamente un libro que las generaciones humanas -por diferentes causas- lee o al menos intenta leer con un fervor a priori y con una enigmática fidelidad.
La Flor de Coleridge
En 1938, Paul Valéry admitió que “la historia de la literatura debería ser la historia delespíritu: podría llevarse a término “sin mencionar un solo escritor”. Veinte años antes Shelley dictamina que” todos los poemas del pasado, presente y futuro son fragmentos de un solo poema infinito”. Aquí nos ocuparemos de una idea a través de tres escritores.
Coleridge dice literalmente: ”si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor, como prueba de haber estado allí y, al despertar, econcontrara esa flor en su mano: ¿qué sucedería?”
El segundo texto pertenece a un novela del S XIX,
reescrita años después. Su protagonista viaja físicamente al futuro. Regresa
rendido con polvo y maltratado. Retorna desde una apartada humanidad dividida en variedades que se abominan,
habitando palacios y desvastados jardines; está encanecido y trae del futuro
una flor marchita, -más increíble que la flor del cielo de Coleridge-.
La tercera versión pertenece a a Henry James en una
novela fantástica inconclusa. Esta vez
el protagonista viaja al futuro en un inimaginable vehículo que avanza y retroceda en el tiempo.
Regresa al S XVIII y ya no retorna con una flor divina ni
con una flor futura sino viéndose retratado en dicho siglo; fascinado con el
experimento se traslada a la fecha de ejecución y se encuentra con el pintor,
en el momento que pinta la tela con cierto temor y aversión, pues intuye una
anomalía en esos rasgos del porvenir: sería el famoso “regreso al infinito:”
El motivo del viaje sería solo una de
las consecuencias del trayecto.
Wells ciertamente conocía el texto de Coleridge y James
admiraba el texto de Wells.
Si todos los autores somos un mismo autor, la literatura es y seguirá siendo lo esencial. La originalidad entonces no tendría cabida.
