domingo, 29 de marzo de 2015

LA VEJEZ


-Características de la vejez

 En esta fase la experiencia, los impulsos y la actividad pierden su intensidad;  lo vital  merma, la pasión mengua, disminuye la vista, el oído, los huesos  pierden elasticidad
cediendo el lugar a síntomas y trastornos orgánicos, causados por enfermedad o debilidad física: dolores, alteraciones  funcionales, fenómenos acentuados por la decadencia.  Muchas veces el descuido y poco aseo resulta penoso.
Desciende la percepción, se torna dificultoso adaptarse a situaciones nuevas y estresantes. La vida se fija, los procesos se inmovilizan; desaparece el impulso de luchar por cosas nuevas. Uno no está  propenso a cambios y desea la paz. El círculo se estrecha, se vuelve  indiferente anímicamente. Pierde todo deseo de estima y simpatía por los otros. No se preocupa por la impresión que causa y se cohíbe  ante una personalidad más fuerte. Disminuyen las facultades espirituales y la sensibilidad hacia el otro; los impulsos se vuelcan versus lo elemental: comer, beber, dormir.
Se siente amenazado y acentúa el poder sobre sus posesiones, derechos, hábitos, juicios, que se transmiten con la terquedad y la tenacidad de   tener siempre la razón, llegando a veces a pecar por   necio. El  intelecto y  los sentimientos no  razonan velozmente y aceptar los cambios de las circunstancias se les hace imposible.

Pero  no todo es negativo; existen posibilidades  positivas, incluso en la fase senil. Muchas dificultades se resuelven, gracias a la experiencia adquirida. Miguel Ángel,  Goethe, Freud son ejemplos de ancianos maduros pero no seniles.
El ser humano jubilado -en la mayoría de los casos-  no lucha por enriquecerse o adquirir posesiones. Se vuelve moderado: la experiencia lo aleja de la actualidad y le concede  permiso de comprender situaciones  y concederles un valor que la juventud no  logra acatar.
 Ve menos,  oye menos, entre el tumulto de ruidos que los perturban y lo aíslan.
Desconocen el  arte de bien morir; muchos ni osan nombrarla. No le encuentran sentido a  la muerte. Se   perdió en Occidente la dignidad y el valor necesario para afrontarla. Se la  vive como un paso aterrador. Al no  reflexionar sobre ella, no existe la posibilidad de  hacerle frente, y  sólo se  la soporta,  cuando el fin se aproxima y no queda otra opción.
La juventud vive la vida y  acepta la muerte únicamente -si es decorosa,  valiente,  heroica o trágica-, refiriéndose a ella como si fuera un elemento decorativo, sin significado personal.
El deber ético de:
a)     Los seres que lo rodean.  Aumentar su paciencia, lo cual no es fácil: la vida quedó estancada. La vejez no puede sorprendernos ni excitarnos con palabras o gestos; quedó  fija en etapas del pasado que tercamente repite sin cesar y que los terceros ya no escuchan u oyen con irritación e impaciencia.
b)     El anciano siente  recelo, una desconfianza que   lo lleva a ocultar; al perder la memoria, el tiempo real y presente, se enfoca en el pasado que maneja con soltura. La familia o quien lo cuida se agota de las repeticiones que cuenta encantado, como si fuera la primera vez. Se necesita altruismo y una paciencia heroica para mostrarse amable; carece de una mirada hacia el futuro y no espera nada del presente: el pasado es el  único campo donde se siente cómodo.

Considerarlo, apaciguar su desconfianza, y poner  humor en ciertas situaciones donde se muestra terco, crítico, pretencioso.  
Hijos y parientes le desean el fin;  se muestran poco tolerantes. los viejos positivos.
Pero existen dos clases de seniles:
El primero, con su plaga de defectos acentuados, que se torna odioso a  los demás.
Antiguamente al viejo se lo abandonaba o  se lo mataba, por ser inútil a la sociedad; hoy se lo encierra en un asilo  no se lo visita, salvo en su cumpleaños o cerca de Navidad. Si se enferma lo ven más seguido, esperando el fin. Sería equivalente a la  eutanasia  de los ancianos nazista.
Simone de Beauvoir  en  su excelente Ensayo de  707 páginas nos dice lo siguiente:

La hegemonía machista patriarcal duró siete mil años y prevalece en los países pobres y  orientales, declinando en el mundo occidental. El yo incluye el cuerpo, nombre, posición social, posesiones y hasta conocimientos en nuestra imagen y en  la que deseamos que los demás perciban.  
En el último mitad del S XX, -Plutón se hallaba en Leo, signo de la individualidad-, los Beatles, la ropa en boutiques al alcance de todos, la moda unisex, donde  lo antiguo dejó de ser lo mejor:  comprar y tirar  para volver a adquirir o desechar, a fin de obtener un modelo más reciente y por lógica más caro. Es un círculo vicioso que nunca acaba. Esta época podría denominarse la era del automóvil y hoy, el tiempo del celular, la cibernética, la tecnología en exceso.  El poder adquisitivo se basa en  la cantidad de aparatos electrónicos que uno posee y -en oposición a la generación de nuestros abuelos- la juventud siente poco interés por lo tradicional, el mueble antiguo o las joyas;   “lo bello es  nuevo” es lo predominante y no "lo bueno y lo bello´" que pregonaba  los antiguos griegos. Cambiar el auto cada dos años porque se cansaron del modelo, para competir con amigos, socios laborales y aumentar su estima o poder es un ítem que vemos a diario.
Mi departamento, mi casa, mis amigos, mi médico, mi cirugía, mi enfermedad, mi terapia o terapeuta. Tener es sinónimo del capitalismo y de la propiedad privada; adquirir propiedades o conservarlas o venderlas para comprar otras. Tener se relaciona con el deseo de ser grande.
Algunos, hastiados de lo superficial, se   conectan  con su interior mediante un gurú de moda en la India o en nuestro país, según el prestigio que tengan.
Tenemos ejemplos de ancianos respetables; comencemos con Edipo en Colona,   en oposición al  rey Lear, donde la vejez se parece a la locura, pues ansía  compartir su reino con sus hijas para recibir a cambio afecto y atención. Shakespeare  percibía en los ancianos poca sabiduría: Lear, condenado por sus hijas, deberá errar por los caminos, en  medio de un medio hostil.
En Francia, el siglo fue muy duro con los ancianos, La sociedad era autoritaria, absolutista; no concedía lugar ni a los viejos ni a los niños -que morían antes del año y la mayor parte de los adultos entre los 30 y 40 años; hubo excepciones: Miguel Ángel, Goethe, Kant, Freud, Hugo y otros. Incluso lo reyes morían entre los 49 y 56, con toda  la  atención y cuidados que se les proporcionaba.
Se los consideraba mayor a los 17, 18 años para poder  servir al país en las guerras.
El hombre de fortuna y posesiones  era  respetado; la memoria y la experiencia   eran valores adquiridas con  la edad y apreciadas.
Los viejos carecen de atracción. A los 30 estaban minados por el trabajo, encogidos,
La iglesia ayudaba con sus escasos medios a los necesitados, siempre insuficientes frente a la hambruna y la explotación del campesino y -siglos más tarde de  los obreros-.
En la literatura, la ancianidad masculina inspiraba menos sarcasmo. Corneille le cede espacio en sus tragedias; Don Diego es una viejo aristocrático, padre del Cid Campeador y, en Horacio, se impone la figura del anciano; había respeto por la ley, por su coraje y su generosidad, y se sentía respeto por la aristocracia, no por su riqueza sino por sus conocimientos y valentía.
A diferencia de Corneille, que busca una figura noble e imponente en  don Diego y  en la tragedia de Horacio.  Racine le otorga el permiso de amar y Molière lo convierte  en el hazmerreír de su obra  El Avaro.

A principio del S XVII, Isabel I de Inglaterra creó la ley de los pobres para los indigentes sin familia y sin dinero. Hasta ese momento no se ocupaban de los recién llegados y menos de los numerosos vagabundos, vistos como zánganos inútiles o perezosos holgazanes. La mendicidad era inmoral.  Los cuarenta primeros años de ese siglo hubo instituciones caritativas para paliar la dureza y se fundaron asilos y hospitales. La religión predicaba el respeto por los pobres y exigía la limosna de los ricos.
En Inglaterra estalló un conflicto entre burguesía vejada y la realeza, que fue sometida por el poder real.  Recién en la Restauración, las mujeres representaron los papeles femeninos en obras de teatro. Los puristas, el quietismo y protestantes y anglicanos veían en el teatro una señal de perdición. El teatro cínico se burlaba de la vejez: en los hombres indicaba la pérdida de la virilidad; en las mujeres, la pérdida de la belleza con sus pechos caídos y  su piel marchita.
Shakespeare trataba con desprecio a la ancianidad. Luego llegaron las comedias, a fin del XVII,   ilustrando los conflictos entre generaciones.
Quevedo se burla de las mujeres viejas y las compara con la muerte. El amor eterno de Petrarca en el Renacimiento le cede lugar a la burla y al menosprecio.

El S. XVIII 
Fue sombrío en Francia; estalla  la Revolución Francesa; la monarquía pasa por la guillotina, mientras la burguesía se impone; respetan la libertad de ideas, la noción del prójimo se amplía, se interesan por los salvajes, recuerda a los adultos, a las madres  amamantan a sus hijos  y en los adultos se reconocen los futuros y potenciales ancianos; el hombre mayor simboliza la unidad, la permanencia de la familia;  florece el individualismo burgués, el jefe anciano posee propiedades y goza de prestigio. Se  exalta la virtud, se dejan de lado los cuentos morales y se escriben tratados de humanidad; se atiende a los débiles, a los pequeños, al abuelo;  se estimulan los actos de beneficencia.  La ancianidad es vista como una época de  descanso; las pasiones extremas se suavizan; se  adquiere serenidad, sabiduría.
Se conmueven frente a la miseria,  Reconocieron que todo hombre tenía derecho a  existir. La asistencia pública fue reformada; la miseria de los inválidos y los ancianos mermó. La burguesía  revalorizó la ancianidad.

En Inglaterra progresaron las técnicas,  la industria, las finanzas, el comercio. Nace una nueva clase rica, poderosa que tiene conciencia de sí y se forja una moral conveniente. Se multiplican las sociedades, y se perfila un hombre nuevo: el comerciante; es sencillo no le gusta la pompa, lleva una vida retirada y tiene una moral por encima del arte.
Los teatros retratan viejos criados abnegados, padres e hijos que se ayudan,  personajes simpáticos. Pasan esas tendencias a Francia con el hombre nuevo, el filósofo, que profesa una moral laica pero humanitaria con Diderot como guía.

En el S XVIII se lo comprende mejor por los servicios prestados a la sociedad.  Se respeta su prosperidad.

En el S XIX llegan los melodramas donde la ancianidad representa lo majestuoso y conmovedor.  El viejo servidor abnegado, fiel a su amo.
A partir de mitad de este siglo se finalizó la revolución industrial; ferrocarriles, textiles, metalurgia, minas, fábricas de azúcar y otras obras cobraron impulso, mientras  los bancos tuvieron un rol principal. Veinte años más tarde la  Asamblea Nacional estaba formada  por gran cantidad de ancianos. 
En síntesis, en Francia y en los países europeos  la pelea de las generaciones se abolió en la burguesía y se establece una  armonía. El hijo ocupaba en la sociedad un escalón más alto que su padre quien orgulloso de su éxito y ascenso diluía el odio. La sociedad también   exigía la ayuda o colaboración entre viejos y jóvenes donde la experiencia y los conocimientos  eran valorados. Si el viejo se imponía, podía ser por la imagen de la reina Victoria, que reina en Inglaterra con un rigor moral y un éxito económico hacia la austeridad con el fin de reinvertir las utilidades; era  bien visto  ahorrar en los años de ganancias,
La pareja viejo-niño conmovía al público en obras de teatro de Dickens, donde su éxito fue enorme. Se modificó también la relación de los nietos con los abuelos y en la  alianza, lo  encuentran un compañero divertido e indulgente.
Lo consideraban de una manera más realista, sobre todo los  nobles, los burgueses, hacendados, industriales y en ocasiones  las clases explotadas.
Siempre existen atributos positivos, incluso en la fase senil. Nace una calma nueva, donde muchas dificultades se resuelven gracias a la experiencia adquirida.
El hombre senil, ya  jubilado, por lo general no lucha por  adquirir posesiones; sus hijos son individuos maduros. Se vuelve  moderado; la experiencia lo aleja de la actualidad y le concede  comprender a los demás, por haber pasado por las mismas experiencias. 
El deber ético pedagógico de la fase senil podemos diferenciarlo en dos temas:
 A) Los seres que lo rodean. Deberían aumentar su paciencia  porque la vejez no es fácil: la vida queda estancada. No puede sorprendernos ni excitarnos con palabras o gestos; está fija tercamente en esa faz;  un recelo, una desconfianza que   lo lleva al ocultamiento.  Narra una y otra vez situaciones lejanas en el tiempo, que los de su alrededor escuchan a veces con irritación e impaciencia. Al ir perdiendo la memoria del tiempo real y presente, se enfoca en el pasado que maneja con soltura. La familia o quien lo cuida se agota de las repeticiones que cuenta  él encantado, como si fuera la primera vez. Se necesita altruismo y una paciencia sin límites para ser amable; le falta un foco hacia el futuro y -no esperando nada del presente- se aferra al pasado, única área donde se siente cómodo. Apaciguarlo, oírlo, quitar el germen de su desconfianza  poniendo  humor  en las situaciones será heroico. Se convierte en un ser terco, crítico, repetitivo y pretencioso en su miseria. Su familia, hijos, parientes desean que se muera; si no lo dicen conscientemente, su conducta con él es  poco tolerante.
Antiguamente al viejo se lo mataba, por ser inútil a la sociedad; hoy se lo encierra en un asilo y -por culpa- no se lo visita, salvo en su cumpleaños o cerca de Navidad. Si se enferma, lo ven más seguido, esperando el fin.
Sería similar a la eutanasia nazista del el S XX.
Pero existen dos clases de seniles: el primero, con su plaga de defectos acentuados, que se torna odioso a  los otros; el segundo,   quien es  una bendición haberlo  conocido, porque en él se detuvo la vida sin amargura ni resentimiento; la acepta con naturalidad y conserva el carácter amable, pues alegremente aceptar declinar y la idea de la muerte  no lo aterra.
El que se hizo ilusiones para  el futuro, envejece como un ser mezquino, se vuelve cínico, censor hacia esa juventud que añora,  llena de una vitalidad incomprensible.
Envejecer significa inclinarse, aproximarse al fin.  Más años, más cercana: madurar es prepararse hacia ese postrero acto. La muerte es la disolución en la nada o el paso necesario para encontrarse consigo mismo, lejos de las cadenas físicas que ligaban el alma y le impedía alcanzar el infinito.
Carecer de fe trae angustia. El núcleo de la ancianidad es la oración y en silencio; un  enfrentarse con ese Dios lejano que se asoma o el vacío eterno: “polvo eres y en polvo te convertirás” (Quevedo)
Los seres humanos viven más.  Hace medio siglos se moría entre los 65, 68 años, edad aceptable para sus herederos, que entrarían en posesión de su herencia;  se les tenía más paciencia. Hoy una mayoría  supera los ochenta con facilidad. Se combaten las enfermedades con eficiencia, tiene los medicamentos adecuados  y los asilos no siempre en condiciones humanas, crecen. Puede alcanzar una edad irrisoria: noventa años y más aún. Nacen allí los problemas demográficos: una generación pasiva que trae dificultades económicas a todo el sistema; un dilema sociológico pues la indiferencia de los hijos, nietos y parientes hacia esos seres ya inútiles  llenos de dolencias, con sus conversaciones puestas en su pasado. ¿Cuál es la importancia del anciano? En la Biblia se los veneraba.  El cuarto mandamiento de las Tablas de Moisés exige “honrar padre y madre”, o sea respetarlos y tener una cierta ética en su declive.
El S XX y principios de la década el XXI,  el nazismo los señaló como la solución del problema, descartando y matando a los inútiles. En la actualidad pasados setenta años desde esa II Guerra Mundial aparece la eutanasia como fin todavía no aceptado legalmente: la “solución” regresa  con disimulo, tal vez  con mayor delicadeza.
En los ancianos, las pasiones se acallan, la sangre se enfría y frente a la pérdida de la sexualidad  encuentra vanas  las cosas; se desengaña pierde el gusto de ocuparse de los demás: un desinterés general cubre su mundo. Se desliza  rodando muy lentamente en sus eternos recuerdos repetidos, como si fuera la primera vez.
Cicerón la denomina una desventaja, no una deshonra, y aceptaba que ser pobre a esa edad era una desdicha.  Horacio, en el S I, habló de la vanidad de todo y lo inútil de la pompa. La decrepitud ayuda a soportar la muerte. A los 90 uno no muere, se extingue por lo general. Emerson afirma que a esa edad se deja de actuar, de pensar,  lo cual es apaciguador. Cada edad tiene su propia organización y el anciano tiene un equilibrio diferente del hombre  y su relación con el mundo.
En Oriente se respeta a la vejez;  en China, en Esparta,  en las oligarquías griegas y en Roma, en la medida que era rico tenía peso en la vida pública y  privada. Las personas con mayor poder adquisitivo sienten el mismo malestar de ser abandonados, pues la inutilidad  no es solamente producto de la pobreza.
La esperanza de vida fue aumentando: en el S XVII, el hijo tenía entonces 14 años cuando moría su padre. De 100 niños un 25% moría antes del año, otro 25% antes de los 20 y otro 25% entre los 25 y 45 años de edad. Una decena solamente llegaba a los 60 años. Los octogenarios eran excepciones y se lo exhibía con orgullo. En el S XVIII el promedio era 30 años, luego se estabilizó en los 60; a mitad del S XIX  un 10% alcanzaba los 60, luego subió a  un 18% y hoy la cifra es inimaginable.  Podemos nombrar países donde la población anciana es mayor que los niños y adultos juntos. 
Las mujeres viven más que los hombres; el problema se ha tornado agobiante para la sociedad, para los familiares, para la economía y hasta políticamente. Hoy las  jubilaciones desgastan las arcas. En el S.XIX, al ser despedido, el anciano quedaba totalmente abandonado; la familia debía ocuparse de él y no siempre lo hacía con agrado. En 1896, siete años después de la Revolución Francesa se habló de darles una pensión como una recompensa - no como un derecho- a quienes eran mayores de 50 años; los funcionarios y militares fueron los primeros en cobrar.
En el S XIX, el ascenso veloz del capitalismo y la expansión industrial trajo una agitación social que se fortificó en Alemania con Bismarck, que estaba de acuerdo en ofrecerles un mínimo de seguridad. Brujas tiene casitas independientes, agrupadas en medio de la ciudad, para que estén cerca de sus familias. Las mujeres capacitadas  hacen  puntillas para la comunidad; son  mujeres independientes y tienen  un horario para regresar a su lugar y un trabajo que entregar  a la comunidad de monjas, que las protegen y ayudan. Viven dos en cada casa. 
En USA existen lugares donde en edificios apartes, los ancianos tienen sus departamentos y les fabrican programas, distracciones, idas al teatro, paseos, excursiones, aunque no funciona totalmente, pues los viejos desean estar con sus familias y se sienten lujosamente abandonados.  También existen centros diurnos, donde se quedan todo el día y lo pasan bien, sabiendo que por la noche dormirán en su hogar o en el de uno de sus hijos. Esta opción de más positiva. En Argentina la Fundación Hirsch tiene un magnífico lugar con varias hectáreas para pernoctar, vivir allí o pasar el día. Si forman parte de un club se sienten más satisfechos que solos todo el día en su hogar.
Luxemburgo, Rumania, Suecia, Austria, Hungría y Noruega, protegió  a los asalariados  que se financian con los impuestos.  Dinamarca, Nueva Zelanda y el Reino Unido recién lo aceptaron  en 1925. Los países escandinavos se ocupan de que la vejez  tenga una suerte decente dentro de un socialismo moderado, cobrando una tercera parte de su salario. El retiro para las mujeres es de 60 a 62 años y para los hombres de 65 a 67 años. En otros países occidentales, la edad difiere en algunos años menos, jubilándose antes los mineros, militares, el personal de aviación civil, transportes y enseñanza primaria. Los trabajos domésticos se retiran por lo general más tarde.
Los jóvenes pujan por alejar a los mayores y ocupar sus puestos. Pueden tener  disminución muscular, problemas auditivos y visuales, problemas para ver  a la noche, menor destreza, menor resistencia al frío, al calor y al ruido; les cuesta adaptarse a situaciones nuevas o iniciar tareas nuevas, porque merma la velocidad en sus acciones, se ponen nerviosos,  tienen problemas con la memoria.
El viejo tiraniza con sus años y sus ñañas y las generaciones posteriores los rechazan. La relación de un adolescente impaciente, rodeado de objetos electrónicos, no tiene cabida ni tiempo para visitarlo y entrar en su pasado.
La sociedad no les tiene paciencia; podrían operar sentados,  re adaptarlos en sus tareas; en vez de ello, los bajan de categoría y sufren material y moralmente, porque  se sienten disminuidos con sus recursos menos onerosos.
Otros países capitalistas  difieren y no a favor de la ancianidad. Si obtuvieran los beneficios que sus años laborales merecen, no estaríamos exponiendo el tema. La injusticia hacia los jubilados es tremenda en casi la mayoría de los países occidentales. El capitalismo busca eficiencia,  aumento de la productividad,  y no la humanidad y el reconocimiento  que merecerían. el  “Time is gold” americano o el "good for nothing".
En 1970, Simone de Beauvoir señala que entre 16 millones de ancianos,  8 millones son  muy pobres; hoy, la cifra sería espeluznante. La maldad a veces  llega a separarlos en asilos diferentes  o pasar de ser pensionistas a salas comunes, donde terminan siendo abandonados por la familia porque verlos los llenan de culpa.
Algunos son abandonados en hospicios. Suele hacer frío, no tienen calefacción central, casi siempre los sanitarios son deficientes, las duchas no arrojan agua templada, no tienen en cuenta el régimen adecuado para cada caso en particular. La humedad  y la soledad es infinita: (en un pensionado en Niza el director afirmó que en ese entonces sólo el 2% recibía visitas). La rutina es rígida; deben acostarse y levantarse temprano. Son un número, un apellido, no un ser humano. La TV que no la escuchan está  puesta a un volumen exageradamente agudo, que les embota más el cerebro; no leen, tienen algunas horas ocupadas en trabajos manuales, aunque  la mayor parte del tiempo están a su libre albedrío, sentados en una silla con la mirada fija a lo lejos. En los lugares donde se sienten útiles y están mejor atendidos por lo general son privados y muy caros. El vino les está prohibido. La atmósfera es maloliente por sus problemas de contención de orina y el aire sofocante. Uno sale siempre deprimido, luego de una visita.
Basta leer esta cifra de la década del 70. No  había cifras para comparar en el presente..
El 8% muere la primera semana.
El 28,7% el primer mes.
El 45% los primeros seis meses.
El 54% el primer año.
El 65% en los primeros dos años.
En Oriente se los respeta, a veces se los venera por la experiencia y sabiduría que poseen.
En Alemania se festeja los jubileos a los 70 y  a los 80.
Sensibles a su potencial futura decadencia física, los jóvenes los ridiculizan. Al mito del anciano soberbio y enriquecido,  se le opone el viejo acurrucado, reseco, disminuido o mutilado. Esas carcasas  humanas que deambulan en el  S.XX, porque les cedieron más de treinta años  de vida al Estado, hace que los hombres maduros carguen con sus padres, sin poder  salir, irse de vacaciones, vivir su  vida plena y poco a poco  el cariño  se convierte en fastidio.
Los esquimales  los dejaban, cuando se convierten en inútiles,  en la mitad de la noche, con alimentos para uno o dos días, pensando que un oso podía aparecer y devorarlos; ellos lo aceptan porque en un iglú no hay lugar para nadie que sobre. Magnífico el pasaje del libro El PÁIS DE LAS SOMBRAS BLANCAS que  van a buscar a la anciana, cuando el niño llora porque un diente le está por salir; buscan a la abuela  abandonada en medio del hielo, para que los ayude a resolver el problema. Pasados unos meses, cuando ya saben cómo ocuparse de los dientes,  la vuelven a  abandonar.
Hoy no se los abandona  en medio de glaciares con temperaturas bajo cero, sino en asilos, hogares de ancianos, hospicios, expulsados sin ternura y sin visitas.  Y todos asistimos con indiferencia a ese mal trato. Aumentar la edad no trajo cariño hacia nuestros antepasados, que gimen por seguir  viviendo, sin claudicar, pese a su soledad y su decrepitud. Todos sabemos  la condición escandalosa donde viven  la mayoría en este mundo moderno de fin del S XX y principio del XXI.
Churchill, Adenauer, Freud,  Verdi, Miguel Ángel, Goethe, Balzac, Tolstoï, Gandi fueron personas que pasaron sus ochenta años con su mente en perfecto estado. Miguel Ángel montó a caballo tres días antes de su muerte.
No toda la culpa es de la generación anterior.  El tiempo es oro, valgo lo que tengo, debo producir serían los ítems de este mundo caótico y cruel, porque también es cruel  con ellos.  Si el anciano  cedió su poder  y sus bienes a sus hijos, esperando como el rey Lear una compensación  de sus herederos, sólo obtiene  impaciencia y mal trato. Existe  un pequeño diálogo con la enfermera o quien lo cuida  pero muy breve. Se compran los remedios y se abandonan en la portería para no tener que saludarlos; se llegan hasta el asilo para  pagar la cuenta mensual sin ni siquiera  visitarlos, salvo el día del aniversario, que ellos no recuerdan, o en Navidad.  A veces se tiranizan ambos, en una relación ambivalente donde a veces el hijo o hija sigue en ese rol inacabable de no poder crecer, porque debe ocuparse de sus padres e incluso de sus suegros, tarde o temprano. Preferirían la intimidad a la distancia y no cohabitar con ellos.  Los ancianos prefieren no cohabitar en el aislamiento.
La relación entre los nietos y el abuelo es más sencilla; éstos, en rebelión con los adultos y sus padres, arman su complicidad y se solidarizan. El amor hacia los ancianos en las mujeres habla de una relación entrañable con su abuelo.
 La imagen del padre despojado de prestigio es literalmente patética.  Cuando los hijos  obtienen el poder  pueden reconciliarse y la agresión y el rencor y apaciguarse. Les gusta tratarlos como seres inferiores y convencerlos de su decadencia, obligándolos a un papel pasivo, con el fin de gobernarlos a su gusto. El adulto tiraniza con disimulo a su progenitor, dándole órdenes que parecen consejos, ridiculizándolo, mintiéndole, atemorizándolo con enviarlo a un asilo, si no obedece y así se mina su resistencia convirtiéndolo en un objeto que uno manipula  a su gusto. El anciano  siente que se desmorona hacia la nada; verse arrastrado hacia la inutilidad, sin interés alguno por la lectura, la cultura, el arte, los deportes, -exceptuando el foot-ball en los hombres- es un drama que va in crescendo.
Las mujeres sienten en su papel de abuela, que tienen todavía un sentido. Viven pensando en el momento de su jubilación y cuando la alcanzan no tienen el mismo entusiasmo ni las ganas que en su madurez para seguir haciendo cosas; no se imaginaron un futuro tan vacuo. Temen  la soledad, la muerte de su pareja,  y el  futuro incierto. El hombre define su identidad  con su cargo y su sueldo: quisieran trabajar de vez en cuando; menos horas, menos responsabilidad pero sentirse útil. La decadencia viril lo abruma. Pierde junto a su virilidad su capacidad como ser humano.
La nostalgia es mayor entre los trabajadores manuales que los de oficina: los últimos todavía encuentran placer en  leer, ir al cine, al teatro, miran la vida de otro modo. Y si uno es pobre se siente un paria; no desea recibir una invitación porque no podrá retribuirla; se siente un inútil disminuido por las falencias físicas y psíquicas. La depresión y el envejecimiento  cohabitan lastimándose. Las pérdidas aumentan. Parten los familiares, los amigos, los socios; la soledad es total. Se sienten próximos a su propio final. Es absolutamente necesario que conserve ocupaciones de cualquier índole, ciertos hobbies, aunque con la edad llega el desinterés, el cansancio, la movilidad se reduce, mientras el desinterés le quita gusto a toda distracción y la impaciencia de los demás los humilla.
Los intelectuales también la sufren. Hemingway se suicidó al enfrentar la hoja en blanco; no tenía nada más que escribir y el vacío se impuso.

Bibliografía: Simone de Beauvoir, LA VEJEZ, segunda edición,  febrero de 2011, editorial Contemporánea.

sábado, 22 de noviembre de 2014

TCHAIKOVSKY

TCHAIKOVSKY


Su padre se casó dos veces; quedó viudo con una hija que se educó en un convento. La familia creció: Nicolás, luego Pedro, más tarde Alexandra e Hipólito, los mellizos. Cuando tenía cuatro años llegó a su casa una institutriz francesa Fanny, que él adoró y ella lo protegía sabiendo que era especialmente hipersensible. Lo llamaba “su hombrecito de cristal“. Tenía una inteligencia despierta, mucho encanto, imaginación y voluntad. Tanto en verso como en prosa era capaz de desarrollar temas patrióticos y religiosos; su corazón estaba lleno de sentimientos excesivos: éxtasis, piedad, adoración: lloraba a menudo. Adoraba a su madre y a Fanny y quería a su padre. Su hermano Nicolás soñaba con aprender a bailar; Pedro sólo pensaba en inventar rimas y escribir, expresar sus sentimientos  y buscarles una salida. 
La pianola -último invento de la técnica musical- lo maravilló. La flauta traversa de su padre y la voz de su madre eran sólo recuerdos. Fanny desconocía la música. En el hogar ruso había un piano de cola y de vez en cuando algún visitante tocaba una polca u otra danza. 
Un día un oficial polaco, brillante músico, se sentó y tocó las mazurcas de Chopin. Un temblor se apoderó de él, el mismo que habría de repetirse durante toda su vida cada vez que escuchara música de Mozart. En Navidad lo llevaron al teatro, a la ópera y al ballet.  La orquesta sinfónica  escuchada por primera vez lo estremeció. 
Empezaron los estudios y se acabó la infancia. Sus padres decidieron enviarlo a la Escuela de Derecho en Moscú; jamás olvidaría cuando su madre regresó con los mellizos, su padre y los sirvientes  a San Peterburgo.
 Su tío Modesto lo alojó en su casa. En mayo de 1852 no llegaron sus padres de San Petesburgo; al padre le iba mal en el comercio y debía ahorrar. La repentina catástrofe financiera de la familia llegó poco depués, donde su padre perdió todo  el dinero; fue un golpe terrible. 
Empezó una nueva época. Nicolás y Pedro regresaron tras los exámenes a su casa a pasar las vacaciones de verano; nadie hablaba de su antigua pasión por la música y su madre creía que había abandonado esa idea por completo. 
En 1854 hubo una  epidemia de cólera; su madre moriría luego de tres días; cuando el doctor sugirió darle un baño, entró en coma y murió sin reconocer a nadie. Su padre también enfermó aunque se salvó. La familia se fue a vivir a la casa del hermano de su padre, que andaba con muletas y tenía un caracter abominable; el tío era un héroe de cincuenta y dos batallas y había llevado una vida monástica hasta su tardío matrimonio. 
Pedro pasaba los domingos con ellos.

Hubo en Rusia un ligero soplo de renovación en las ideas y la enseñanza, una mayor libertad y hasta se modernizaron los programas educativos. 
Llegó un alumno nuevo que se convirtió en el héroe del colegio y revolucionó las ideas de Tchaikovsky sobre Dios, el amor por el prójimo, la estima y el respeto por los mayores; el joven le exponía esos temas con ironía; todo fue demolido por su amigo, con su sarcasmo, su ateísmo y su pesimismo. 
Para Pedro, el porvenir se presentaba un interrogante; siempre le atrajo la música religiosa rusa y los cantos eclesiásticos, que solía cantar con su voz de tenor. 
Su padre quiso saber si su hijo tenía talento musical, pero el profesor le dijo que tenía las capacidades de un alumno superior pero que le faltaban conocimientos. 
En 1859 Pedro salió de la escuela de Derecho y entró en un departamento del Ministerio de Justicia. No le interesaba en absoluto; era un funcionario incapaz, distraído y perezoso. Experimentaba una indiferencia total hacia las mujeres, pensando que eran inútiles e insoportables. Sus tendencias sexuales eran su mayor obstáculo para su felicidad: le gustaba los púberes: no podía dominar su naturaleza. 
Vió Giselle en ballet y escuchó  Norma. En 1861 su hermana se casó. Los siervos fueron liberados y hubo reformas en los Tribunales. El padre seguía interesado en saber si su hijo estaba dotado para la música. El profesor le respondió: “No, su hijo carece de talento; posee cierta capacidad para tocar el piano, aunque no le veo posibilidades de emprender una carrera musical; además es demasiado tarde: tiene 21 años“. Pero el padre no se conformó y le dijo a Pedro; “en mi opinión tú tienes talento; deberás seguir con el Ministerio y con la musica y no  es tarde para que te conviertas en un artista”. 
Se  dejó crecer la barba y llevaba sombrero de ala ancha. Era esbelto, tenía prestancia, boca de labios carnosos con una expresión  indiferente.  
Un rico ingeniero le propuso que lo acompañara en un viaje por el extranjero como secretario e intérprete; Tchaikovsky estaba feliz; por primera vez salía de su país: Viajó a Berlín, Hamburgo, Bélgica, Londres y París durante dos meses; en otoño regresó a San Petesburgo, aturdido por la música brillante que escuchó, pero con la certeza de que junto a esta música existía otra, que apenas conocía y que tenía que ser la auténtica. 
Dejó su carrera de funcionario por la música. Comenzó un curso en el Conservatorio dirigido por Anton Rubinstein donde los alumnos trataban de superar las dificultades de la técnica. Mientras tanto daba lecciones particulares por cincuenta rublos mensuales. 
Componía con  esfuerzo; tocaba a cuatro manos piezas de Beethoven, de Glinka y los talentos nuevos europeos; luchaba por encontrar alumnos y componía dos piezas por semana. 
Un día llegó la gran noticia: Nicolás Rubinstein, hermano de Anton, venía de San Petesburgo a Moscú. Quería poner en marcha unas clases musicales con la intención de inaugurar el Conservatorio, al año siguiente. Nicolás, virtuoso director de orquesta, profesor apasionado, generoso, amante del riesgo, tocaba una música que Moscú no había escuchado antes. 
Los  hermanos Rubinstein  no se llevaban bien pero hicieron un trato: Anton le cedió el feudo moscovita para quedarse él con San Petesburgo. Anton era adorado como pianista tanto como Lizt. Quería ser el mejor compositor ruso y era su hermano quien le disputaba la gloria.  Era cinco años mayor, ya famoso y  gran seductor. 
Le encomendó componer  a su alumno una cantata con texto de Schiller: “el himno de la alegría”. Con gran lentitud compuso su primera sinfonía. Pagó cara esta ascensión pues lo privaba de horas de sueño;  bebía, lo cual le provocaba un agudo nerviosismo más una inexplicable apatía. 

Compone un poema sinfónico de amor apasionado que fue el  comienzo de su gloria. Moscú y San Petesburgo   lo reciben triunfalmente. Se interpreta la obra en el extranjero y -en el verano de 1870- un editor en Berlín compra la obra. Rubinstein la escuchó y la comparó con Chopin. Ganaba dos mil rublos en el Conservatorio anuales. Los conciertos le dejaban quinientos rublos y la crítica    varios centenares más. 
Compone la Segunda sinfonía, donde al final  introduce el tema de una canción popular rusa.  Todos los felicitan por el final folklórico,  considerándolo el mejor músico de Rusia. Es un compositor famoso, cuyas obras son juzgadas en su país y en Europa.  Sus conciertos lo pueden tocar escasos pianistas  por las dificultades técnicas que presentan.
De repente el mundo musical se volvió hostil; la crítica le reprochó que imitara ciegamente a los clásicos sin conocerlos lo suficiente. Los cortes a su ópera y a su poema sinfónico lo sumieron en la desesperación.  Se distanció de Rubinstein y la gente se alejó de él poco a poco, encontrándose más solo que nunca. El Conservatorio era el único vínculo con sus amigos pero dejarlo se volvió una obsesión. 

Francesca da Rimini refleja todas sus angustias de aquella infernal tempestad de deseos que lo arrebataba. Llevaba una vida secreta que lo angustiaba y le pedía a Dios que lo perdonase. Transmitió también estos sentimientos en Romeo, mediante una fuga salvaje, lo mismo que en sus Romanzas  donde muestra la desesperación por su inclinación amorosa perversa. 
Fue a Bayreuth en ocasión del estreno de la versión íntegra de El anillo de Nibelungo de Wagner, como corresponsal ruso y como compositor. Fue la única vez que actuó como crítico. Estaba el Emperador, Wagner, Lizt y todo  San Petesburgo, amante de la música. La orquesta estaba por primera vez por debajo del nivel de la sala. Regresó con la moral muy baja, pese a la admiración de Lizt y de algunos músicos alemanes por su obra. 
 Vakula el Herrero, fue un fracaso; Tocó su primer Cuarteto; en el Andante, el segundo movimiento, Tolstoi,  sentado a su lado, no pudo contener las lágrimas y lo felicitó. 

 En  enero de 1877 cambió su vida; apareció  una mujer viuda, madre de once hijos, ya abuela, fea y excéntrica, con una inmensa fortuna,  que   amaba con locura su música  decidió protegerlo  y lo invitó a pasar un tiempo en la mansión de huéspedes, cerca de su palacio  a 3 km de distancia.  Daba largos paseos  por el parque; se bañaba en el río por las tardes y a veces paseaba en barca con su fiel lacayo. 
 La única condición impuesta era no verse nunca, pero se escribían casi a diario. Ella tuvo conciencia de su genio y -asegurándole el dinero necesario- podría dedicarse  a la composición haciendo realidad su sueño. Dejó el Conservatorio y de dar clases.
Ya hacía tres años que se escribían. El compositor se negó a tutearla; le daba cierta tranquilidad este tipo de amistad y lo tranquilizaba económica y anímicamente. Ella ignoraba su turbulenta vida amorosa y lo  quería con un amor sublime. "Mi destino, gracias a su generosidad  es el nudo de mi arte" le escribíó el compositor.   
Lo invitó a Florencia, donde le alquila una casa cerca de donde ella se aloja;  pasaba por la calle con dos de sus hijas en un coche a caballos, mientras él está componiendo con las persianas bajas. Le dedica su IV Sinfonía. 
 La Segunda Sinfonía fue bien recibida pero no estaba satisfecho. Alguien le sugiere el tema de Eugene Onegin, de Pushkin, para una nueva ópera. En La carta a Tatiana  hay dos versos magníficos: “Toda mi vida ha sido el pago de haberte encontrado.” Con Pushkin descubrió  la riqueza de la poesía romantica.  En Onegin  se vió por primera vez en escena cosas  simples y cotidianas, cómo viven, aman y  se dejan los unos a los otros; son escenas líricas musicales de gran belleza.
Para esconder sus relaciones equívocas se casa con Antonina, a quien apenas conoce:  la vida desde el principio fue un infierno. Se divorcia al poco tiempo y ella  decide vivir en el mismo edificio donde  él   satisfacía sus interminables peticiones de dinero. 
La viuda von Meck le pregunta sobre el programa  que sigue para inspirarse en una  Sinfonía.Él le responde. “¿Cómo explicar las sensaciones que lo atraviesan a uno, cuando compone una obra instrumental sin tema definido? Es un proceso puramente lírico. Es una confesión del alma, que tiene mucho que decir y, lo mismo que el poeta se desahoga en sus versos, la música se desahoga en los sonidos.”
Escribió  La Doncella de Orléans, inspirada en la tragedia de Shiller.

La IV Sinfonía fue un triunfo;  estrenada en San Petesburgo  tuvo mayor éxito que en Moscú. Los músicos y el publico la elogiaban aunque la crítica fue severa. 
La Tempestad en América y en Londres obligó a la prensa alemana a hablar del artista ruso. 
Escribe El Concierto número I para piano y el único Concierto para violín.  
Cuando estrenaron la IV Sinfonía en París, de lejos vio a Madame von Meck en un palco.
La vida artística en esa ciudad era excepcional; los teatros estaban  siempre llenos. Sentía en ese momento una fuerza de inspiración única.  Nicolás Rubinstein le  escribió y todo el mundo estaba entusiasmado con su ópera.  La primera representación  fue en 1879. Asistió Anton Rubinstein. "Las coplas de Triquet",  una parte de la ópera, fue muy aplaudidas. Le colocaron  una corona de laurel en la frente y se dieron discursos a los cuales tuvo que responder. Tuvo que cambiar la escena donde Tatiana cae en brazos de Onegin, porque escandalizó  a los espectadores. La crítica la denominó “algo musical e íntimo”. Rubinstein declaró que era “un libreto demasiado banal lo cual había estropeado la ópera.
Cada tanto tenía bajones anímicos y se sentía sin fuerza ni energía.  Sus numerosos viajes  al extranjero en 1880 lo alejan de la vida musical moscovita y de San Petesburgo durante tres años.  Sus compatriotas lo consideraban una celebridad.
 Eugene Onegin en Moscú y La Doncella de Orleans en Petesburgo se volvieron a representar y   tuvieron mucho éxito de nuevo "las coplillas de Triquet". Onegin fue compuesta con más espontaneidad mientras La Doncella de Orléans era una obra reflexiva, más calculada. El Capriccio italiano también mereció el aplauso. 
Dos acontecimientos  lo conmocionaron: asesinaron al emperador en Capri y  le anunciaron que Anton Rubinstein  en Niza estaba muy grave; salió para Niza, pero Rubinstein ya estaba en París, donde murió. Compuso  un trío y se lo dedicó. Es una de las composiciones más logradas y más bella en la música de cámara.
Tchaikovsky amaba la música francesa, que se diferenciaba por su tendencia intimista , ligera, con combinaciones extraordinarias. 
En esa época su inclinación amorosa se volvió una necesidad continua, una angustia sin tregua. Su mayordomo  advirtió el cambio desde su regreso a Rusia. Aquella ansiedad perversa la volcó en los sonidos musicales de   obras magistrales.  Envidiaba la gente que creía en Dios y ya no temía la muerte ni el horror a lo desconocido.  
Compró una casa en Klin; encontró con ventanas que daban a un jardín lleno de flores;  en el fondo del jardín corría un  riachuelo. Le llevaron el viejo piano que no permitía que lo tocara nadie; compró un antiguo reloj inglés y numerosos objetos. Su mayordomo colgó las cortinas, preparó la casa, colocó los libros y pegó fotos en la pared. Estaba contento. Había una habitación de huéspedes. La casa estaba a dos km de la estación y el viaje a Moscú duraba dos horas y media.Debía ir pues era uno de los directores de la Asociación Musical. En Moscú, Anton Rubinstein organizaba conciertos históricos que hicieron época en la vida musical rusa. Al atardecer regresaba a su casa, donde llevaba una vida tranquila y bien organizada, gracias a su leal mayordomo. Por la mañana fumaba, tomaba  té  y  componía. Daba un paseo de dos horas diarias, que no interrumpía  ni siquiera cuando tenía invitados. A su regreso tocaba en el piano. A diario escribía veinte cartas. Muchas veces, presa de gran excitación nerviosa y oscuros deseos se iba a Klin, a la salida del colegio, cuando los chicos   volvían a sus casas corriendo, con los libros bajo el brazo; para ellos era un señor muy generoso que les regalaba bombones y les daba dinero. 
En su casa recibía diarios, revistas, libros y en ocasiones algunos amigos venían de Moscú. Tocaban el piano a cuatro manos; si estaba solo acostumbraba a hacer solitarios. Su vida seguía un ritmo determinado: en el umbral de la vejez renunció a seguir siendo un nómada. En lo emotivo nada cambió ni su tormento ni su sed insaciable por los púberes: mantenía una vida secreta; Reescribió nuevamente Vakula el Herrero  y la pulió  hasta convertirla en una obra auténticamente bella. Consideraba las óperas la única manera de alcanzar al gran público. Se sentía fascinado por el lujo del  escenario, las luces, la actuación,  las voces magnífica de las cantantes,  el decorado y el vestuario. El Zar junto a la zarina y miembros de la corte imperial asistían. Los aplausos y las salidas a escena lo llenaban de orgullo.     
 Pero sentía que lo alcanzaba la vejez sufría  de asma, de dolores estomacales y de insomnio.   Se sentía  fatigado, comía  y salía poco. 
 Adoraba a su sobrino  a quien le dejó todos sus bienes; Bob era un joven encantador, bello  mimado y lleno de talento, que prefería la compañía de sus primos a su tío quejumbroso.  
Un día lo despertó un telegrama de San Petesburgo anunciándole la muerte de sus sobrina en un baile de disfraces;  se drogaba y siempre rechazó a todo pretendiente; un día quedó embarazada. Él  llevó el niño a París y lo dieron en adopción. Con el tiempo su hermano Nicolás y su mujer, que no podían tener hijos,  lo adoptaron. EL compositor  ayudó en  todo los trámites.
En 1888  partió en una gira de conciertos a París, Praga, Leipzig y Londres. La Doncella de Orléans había sido montada en Praga y en Alemania y era muy conocida. Lo invitaban como director de orquesta y como autor de sinfonías. En dos años  aprendió  a no tenerle miedo a los estrenos. 
Compuso la Quinta Sinfonía
Al componer La Bella durmiente estaba ebrio de sonidos. Lucha por huir de sus habituales fortissimos de sus obras anteriores, que atronaban con la fuerza de las trompetas y los trombones. Quería evitar ese efecto en este nuevo ballet. Sigue siendo un clásico y tal vez el mejor ballet de todos los tiempos.
Se fue  a Italia. Compuso La Dama de Pique: el futuro consideró esta  obra apasionada, bella y algo amoral. 
 Componía dando rienda suelta a sus emociones, sin ocuparse  de ser original.  
Le  encargaron Cascanueces y Yolanda. Se fue a América donde triunfó. 
Sin embargo, no era feliz; su extrema sensibilidad le impedía serlo y la culpa lo atormentaba. Su relación con Madame von Meck se debilitó; ya no tenía constante necesidad de su dinero ni de la correspondencia diaria que mantuvieron durante trece años. 
 Miraba su arte como un medio de obtener un reconocimiento universal.  Lo único que le impedía romper esa relación era la pensión generosa que recibía; se  escribían ahora en aisladas ocasiones.  
Cuando  se  enteró de su vida amorosa  se apartó y dejó de pagarle la pensión de 18.000 rublos  anales y de escribirse. El le escribió con nobleza, pero ella jamás respondió.  En Hamburgo se representaba  Onegin y en Praga La Dama de Pique. Era necesario ir y   se encontró con antiguos alumnos  que eran profesores de música. 
Un día le llegó una carta de su querida   Fanny, luego de cuarenta años. Supo  de su fama y le recordó su existencia; quería verlo y le pedía noticias de su familia. No había olvidado a ninguno. La vio seis meses después. Le señalaron una diminuta ciudad con una pequeña iglesia, una casa modesta en una calle tranquila. Vino a su encuentro una anciana fuerte de rostro envejecido pero sin una sola cana y con gestos vivaces: la reconoció de inmediato. ¡Pierre!, gritó  y se puso a llorar; estaban muy emocionados. Ella le habló de su madre,  le mostró algunas cartas y su diario infantil; le recordó cuando oyó a Chopin por primera vez. Se quedó todo ese día y volvió a la mañana siguiente. Ella daba clases y no podía acogerlo como hubiera deseado. Rechazó el dinero que le ofreció. Todos en ese pueblo le debían parte de su educación. 
Compuso Cascanueces y Yolanda. 
Escribió su Sexta  Sinfonía Sinfonía trágica, donde expresaba con música  el amor que sentía y no osaba declarar en voz alta; era su verdad expresada en música; se la dedicó a su adorado sobrino Bob.La gente la aplaudió sin entusiasmo. Su hermano la denominó la Sinfonía patética y el compositor adaptó el título. 

En una comida bebió agua sin hervir  en tiempos de una nueva epidemia de cólera. Tuvo disentería y vómitos que lo debilitaron en unas horas. El médico temía lo peor. Cuarenta años antes había muerto su madre de la misma enfermedad. Ya no reconocía; Bob que estaba a su lado; por la noche comenzó el edema pulmonar; murió El 25 de octubre. 
Pasó mucho tiempo para que surgiera una nueva figura musical rusa.  Stravinsky podría ser una excepción pero jamás a su altura.
 Entre sus obras más conocidas están los  ballets  El lago de los cisnes y La Bella Durmiente  obras maestras  que  siguen siendo  representadas.    El Trío para cuerdas es una sublime composición instrumental; el concierto Nro 1 para piano solamente para virtuosos;   en la Sinfonía trágica, se encuentra su  mayor carácter dramático, comenzando con un   adagio,  algo totalmente inusual. Internacionalmente es considerado el mejor compositor de Rusia, quien introdujo los temas intimistas y el folklore ruso en sus obras, algunas magistrales.


Bibliografía. Berberova, Nina

viernes, 19 de septiembre de 2014

EL ECO


Recreando a Borges en  sus "Inquisiciones" (1986)
Prólogo 

En Genio y Figura de Jorge Luís Borges, Alicia Jurado sostiene que INQUISICIONES es un libro de ensayos breves; Borges los denomina “mi prosa desganada de enviones cortos” y afirma que “fue una ejecución de mis 25 años, una haraganería aplicada a las letras. Yo no sé si hay literatura, pero sé que el barajar esa disciplina posible fue una urgencia de mi ser “.
Alicia Jurado afirma que los temas de estos primeros ensayos son casi sin excepción literarios; nos habla de Quevedo, Valery, Wilde, el Quijote, Pascal y otros; están escritos con originalidad, entusiasmo y no “poca pedantería”, aunque a los veinticinco años, el entusiasmo y la pedantería son atributos normales. (Páginas 44-45).
Pero su genio ya está plasmado en esta obra, donde de los insignificantes llega a lo universal, malogrado quizá por la enorme cantidad de datos eruditos y conexiones filosóficas, que los convierte en un juego literario, que muchas veces fatiga y nos obliga a abandonar su lectura. 
Uno de los temas esenciales y preferidos de Borges es el tiempo; el autor lo ve como lo más vital de la metafísica; lo discute desde diversos puntos de vista: son todas hipótesis sobre ese misterio que tanto lo apasiona. Sus ensayos así lo atestiguan. Existe en ellos y en sus poemas una inclinación que va de lo particular a lo general, de lo local a las ideas universales, de los sitios porteños a la literatura mundial y a los sentimientos perdurables.
Es difícil discutir su estilo; su prosa con el tiempo evoluciona hacia un estilo conciso y riguroso  que maravilla por su economía verbal. El placer de leerlo es completo; es auditivo; no tiene una sola cacofonía, una repetición superflua, una asonante interna ni una cadencia trunca; los sintagmas fluyen, deslizándose sin escombros que molesten, con su música literaria intacta. Ha alcanzado con plenitud aquel ínfimo deseo suyo de lograr “no la sencillez, que no dice nada, sino la modesta y secreta complejidad”. Es un intelectual y un estético en perfecto equilibrio y en su justa dosis. Sábato admite que “ha creado en nuestro idioma un paradigma de precisión lingüística, de economía, elegancia y majestad estatuaria”. Su nombre y su obra se han convertido en un símbolo universal de arte, inteligencia y belleza” (ídem, p.137)
Este estilo, sin embargo, no germinó de improviso; fue limando asperezas, eliminando rasgos tal vez agresivos y aún barrocos. En INQUISICIONES encontramos un idioma de prosa saturado de una erudición a flor de piel con amalgamientos que, sin ser absolutamente incomprensibles, detienen al lector e interceptan el curso natural de las secuencias. Su erudición de joven literario  enloquece hasta al lector culto e inteligente. Admitió lo siguiente: "Yo mismo me disfracé de gran escritor clásico español  latinizante del S XVII y esta impostura fracasó”.
Mucha gente conoce a Borges; lo detiene, lo saluda, aunque  jamás  hayan leído una línea suya. Con él -admite Anderson Imbert- ocurre un fenómeno extraño; un hombre en cuyas manos la literatura es un juego que le permitió transitar los más encontrados caminos filosóficos, las más disparatadas teorías e hipótesis a través de páginas perfectas, dándole a su obra la relativa importancia que un relojero puede sentir hacia un cronómetro que  armó y que funciona bien. (Ídem, p.32).
Sin tener nada de fácil ni su prosa ni su poesía, siendo sus libros comprados por muchos, aunque leídos por pocos y comprendidos por menos, logró en su país y en el extranjero trascender los límites de la literatura, a fin de transformarse en un mito. Una serie de acontecimientos alimentan ese mito; su ceguera, la edad, su soledad, su rígida figura estática, su digna posición de semi-héroe o de adusto prócer, sus opiniones rígidas e intransigentes. Pero -insisto- pocos lo leen y menos aun lo comprenden.
Por lo mismo, me he tomado el atrevimiento de recrear algunas de  sus INQUISICIONES, obviando los datos que incomodan, dejando que surja lo mejor, lo esencial de lo que quiso decir, sin esa pedantería juvenil y con toda su relevante originalidad.
A él, pues, dedico estos ecos de su obra, que le pertenecen por completo, ya que si Borges no los hubiera escrito, esta otra obra no habría visto la luz.

DE ALGUIEN A NADIE
(ENSAYO XI)

En los primeros siglos ciertos teólogos se interesaron en el prefijo "omnia", anteriormente reservado a Júpiter o a la naturaleza; se propagan los conceptos omnipotentes y otros  bosquejan someramente un Dios respetuoso, pleno de superlativos inimaginables. Esta nómina de la impresión de restringir la divinidad.
 En el S X SV ningún epíteto era conveniente para definir a su Majestad. Nada debía afirmarse; todo podía negarse. Surge igualmente una doctrina panteísta; "las entes particulares son revelaciones de lo divino, porque detrás de todo se esconde Dios; lo único real, aunque no se sabe qué es, pues es incomprensible a sí mismo y a toda inteligencia". Es más que sabio, más que bueno; excede y rechaza todo atributo. Dios sería la nada, el abismo donde fueron engendrados los arquetipos y luego los objetos reales. Ser nada es superior a ser un quien.
Por curiosa analogía, alguien afirmó en su doctrina que los hombres en su sueño más profundo son el universo o Dios. Las alabanzas-hasta llegar a la nada- se suceden en  otro culto. 
Para Coleridge -romántico inglés- no era un hombre sino una variación literaria del infinito . Su persona fue una naturaleza, pero lo universal se hallaba potencialmente en su particularidad, como una sustancia capaz de modificaciones infinitas, si bien su existencia individual fuera una sola. Similar a todos los hombres que en potencia podrían ser.
Víctor Hugo lo igualó a los océanos, como un almácigo de formas posibles, ser algo, ser una substancia es no ser todas las otras. Lo hombres imaginaron que no ser es superior a ser algo que , en cierto modo, es ser todo.
Schopenhauer sostenía que la historia es un perplejo sueño de toda la generación humana; sueños con formas que se repiten quizá porque existe las formas.

Blas PASCAL
(Ensayo III)
Mientras algunos afirman que “los pensamientos de Pascal sirven para pensar, Borges sostiene que todo existe en el universo como estímulo del pensamiento, pero que jamás vio en esos memorables incentivos una contribución a los problemas reales.
Lo ve como un poeta perdido en el tiempo y en el espacio. En el tiempo, pues si futuro y pasado son infinitos no existe el cuándo; en el espacio, porque si todo ser equidista de lo infinito y de los infinitesimal, tampoco existe un dónde.
Pascal desdeña a Copérnico, aunque su obra refleje el vértigo de un teólogo extraviado en medio del universo. La infinidad atemoriza a Pascal, quien busca desesperadamente a Dios. Lo encuentra, pese a que la manifestación de este encuentro es menos patética que su propia soledad. Tenemos dos ejemplos cabales de su desolación; a) “cuántos reinos nos ignoran”;  b) “la infinita inmensidad de espacios que ignoro y que me ignoran”.
Su definición sobre la naturaleza es la misma que la atribuida a Platón y en el Renacimiento, a Rabelais: ”el espacio es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.”
Fue uno de los hombres más patéticos de la historia; esta afirmación nos los confirma: “moriremos solos”. 
No pudiendo alcanzar jamás la altura de los místicos, suponía en el cielo era un premio a nuestros esfuerzos y el infierno, en oposición, el castigo. No le interesaba tanto Dios como la impugnación de quienes osaban negarlo. Tal vez solamente se ocupó del incrédulo, como de esa oveja negra y descarriada que cita el Evangelio y que se le atribuye a una de las parábolas de Cristo: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.”
***

EL QUIJOTE Y SUS MAGIAS PARCIALES
(Ensayo V)


El Quijote contrapone a su universo prosaico al cosmos poético e ideal  su universo prosaico; toma lo real y lo poético como opuestos, insinuando lo sobrenatural en forma sutil,  oponiéndose con sus “polvoriento caminos y sus sórdidos mesones castellanos”. 
Crea la poesía española de fines del Siglo de Oro, sin percibir aquel siglo ni aquella España como divinamente poéticos.
Cervantes ama lo sobrenatural; este amor se nutre de las novelas eglógicas y de las de Caballería, que pululaban sin agotarse todavía; se mueve  entre adustos caballeros y románticos cautiverios, ya que -en suma- el Quijote no es un contraataque pastoril sino un oculto y secreto adiós melancólico a esas novelas tan celebradas.
La obra posee un plan ideal,  lo cual tiende a con
fundir lo objetivo de los subjetivo. Es un juego de extrañas ambigüedades, donde los mismos personajes inventados son a la vez lectores de sí mismos. Sin embargo, no preocupa que el Quijote sea lector de la novela cervantina, ya que si él puede ser espectador, nosotros a su vez bien podemos ser en un todo meramente ficticios. Borges admite que la historia universal “es un infinito libro sagrado donde todos los hombres escriben y leen y tratan de entender y en el que también escriben”.
***
 EL INDIVIDUALISMO

Todos somos en el fondo nacionalistas. En el siglo I de nuestra era, Plutarco se burlaba de quienes declaraban con inmenso orgullo "que la luna de Atenas era mejor que la luna de Corinto".
En pleno siglo XIX, Milton sostenía que "Dios tenía el hábito de revelarse antes a los ingleses". Fichte, mientras tanto, afirmaba que "tener carácter y ser alemán era una sola y la misma cosa".
En nuestro país, el patriotismo pulula, fomentando los mejores rasgos argentinos, definiéndolos con acontecimientos exteriores, como la Conquista Española, nuestra tremenda Tradición Católica o el Imperialismo Sajón.
La Argentina, en oposición a los Estados Unidos de Norteamérica y a Europa, no se identifica con el Estado: Patriotismo y Estado no significan lo mismo -quizás a causa de los paupérrimos gobiernos que debimos soportar o tal vez porque el concepto de Estado es todavía para nosotros una abstracción-. Argentino, aquí, significa individuo, jamás ciudadano.
Si Hegel resucitara y nos diría que "el Estado es la realidad de la idea moral" nos parecería una broma siniestra: para los argentinos, la amistad es una pasión y la policía, una mafia canallesca.
El mundo -lo dice Borges- para el europeo es un cosmos en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que ejerce; para el argentino es el caos. 
El europeo o el norteamericano juzgan que un libro es bueno, si ha merecido un premio; para nosotros, quizá no sea malo, a pesar del premio obtenido.
El héroe argentino es un individuo, un ser solitario (Martín Fierro,  Moreira o Don Segundo Sombra). Ninguna otra literatura registra casos similares. Tomemos al azar dos ejemplos: Kipling y Kafka, nada tienen en común; no obstante, el tema del primero es la reivindicación del orden, mientras el segundo nos describe la insoportable y trágica soledad del que está desprovisto de un lugar, aunque humilde, en el orden universal.
Me interrogo sobre la abstracta posibilidad de un partido que poseyera una cierta similitud con nuestros ciudadanos, partido que pudiera ofrecernos una mínima mesura de gobierno.
Estas cualidades señaladas no son ni negativas ni anárquicas; no gozan de ninguna explicación posible. Por el contrario, es una de las más urticantes complicaciones de nuestra era.
Proféticamente, Spencer señaló que sería lenta pero gradual la intromisión del Estado en los actos del hombre, en pugna contra el nacionalismo. Nuestro propio individualismo, tal vez torpe e ineficiente como inservible y nocivo. en nuestra actualidad, quizá encuentre justificación algún lejano día.
***

LA ESFERA DE PASCAL

En el siglo VI A.C, Jenófanes de Colofón, harto de los versos líricos  castigó a los poetas que les atribuyeron formas humanas a los dioses del Olimpo y propuso a los griegos un solo Dios, cuyo símbolo sería la esfera eterna.
Platón admite que la esfera es la figura geométrica más perfecta y uniforme, pues todos los puntos de la superficie equidistan del centro a fin de  representar a la Divinidad.
Parménide
s repite la imagen: "el Ser es semejante a una esfera "(...)", y, en nuestro siglo,  un autor nos habla de: "una esfera infinita y creciente, en un sentido dinámico".
Y así, la historia universal continuó su curso; los dioses casi humanos de Jenófanes fueron rebajados a ficciones poéticas. Otro griego, a fines del siglo, descubre una fórmula que será imposible olvidar: "Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna".
Los presocráticos nos hablan de una esfera sin fin; la imagen reaparece en el célebre y simbólico "Romain de la Rose" (atribuido a Platón) y en pleno Renacimiento Rabelais se refiere a "esa esfera intelectual, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, la cual   denominamos Dios".
Para la mente medieval, el sentido es claro: "Dios está en cada una de sus criaturas, pero ninguna lo limita". "El cielo de los cielos no te contiene", dijo Salomón.
Dante sigue el sistema de Ptolomeo en su "Divina Comedia" que durante 1.400 años rigió la fantasía de la humanidad: la tierra ocupaba el centro del universo, siendo una esfera inmóvil en torno a la cual giraban nueve esferas concéntricas; siete de ellas eran los cielos planetarios: el cielo de Marte y de Mercurio y así sucesivamente hasta la octava, que era el cielo de las estrellas fijas, y la novena, el cielo cristalino o Motor Inmóvil, a quien rodeaba el Empíreo, hecho todo de luz lumínica. Este sistema era una necesidad mental.
Copérnico modifica la visión del mundo, dando por tierra con el sistema de Ptolomeo, lo que para muchos fue una real liberación. Afirmó en "La cena de las cenizas" que el universo es el efecto infinito de una causa infinita y que la divinidad está próxima "pues está dentro de nosotros". Mantenía que "el centro del universo estaba en todas partes y la circunferencia en ninguno".
Siete siglos después, los hombres se sintieron perdidos en el tiempo y en el espacio. En el tiempo, porque si el futuro y el pasado son infinitos no habría un cuándo; en el espacio, porque si todo ser equidista de lo infinito y de lo infinitesimal, tampoco habría un dónde.
En el Renacimiento, el hombre creyó haber alcanzado la madurez; en el siglo XVIII se acobardó; tuvo la sensación de haberse vuelto anciano; le echó la culpa a Adán sólo con la intención de justificarse. La vida se tornó más breve; Matusalén vivió más tiempo; estuvo en este mundo 979 años, siendo  además un gigante.
Un tal inglés, llamado South, definió a Aristóteles como los escombros de Adán, y a Atenas, la única posible de ser comparada con los andamios del Edén.
El espacio pasó a ser una liberación sin tantas reglas; sin embargo, para Pascal, fue un negro laberinto y un abismo sin salida. No amaba el universo y hubiera deseado adorar a Dios, pero Dios era menos real para él que este despreciable mundo. Deploró durante toda su existencia que los cielos no le hubieran hablado y comparó a los hombres como meros náufragos en una desierta isla.
Tuvo miedo, vértigo y soledad, y tornó a hablar de "la circunferencia como una esfera espantosa o infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna".
Quizá entonces, la historia universal es la historia de una diferente entonación de algunas de sus metáforas.
***
La Flor de Coleridge            
Ensayo VIII

En 1938 Paul Valéry admitió que “la historia de la literatura debería ser la historia del
espíritu: podría llevarse a término “sin mencionar un solo escritor”.
Veinte años antes Shelley dictaminó que ”todos los poemas del pasado, presente y futuro son fragmentos de un solo poema infinito”. Aquí nos ocuparemos de una idea a través de tres escritores.
Coleridge dice literalmente: ”si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran una flor, como prueba de haber estado allí y, al despertar, encontrara esa flor en su mano: ¿Qué sucedería?”
El segundo texto pertenece a un novela del S XIX, reescrita años después. Su protagonista viaja  al futuro. Regresa rendido con polvo y maltratado. Retorna desde una  humanidad dividida en variedades que se abominan, habitando palacios y devastados jardines; está encanecido y trae del futuro una flor marchita, -más increíble que la flor del cielo de Coleridge-.
La tercera versión pertenece a a Henry James en una novela fantástica inconclusa. Esta vez el protagonista viaja al futuro en un inimaginable vehículo que avanza y retroceda en el tiempo.
Regresa al S XVIII y ya no retorna con una flor divina ni con una flor futura sino viéndose retratado en dicho siglo; fascinado con el experimento se traslada a la fecha de ejecución y se encuentra con el pintor, en el momento que pinta la tela con cierta aversión, pues intuye una anomalía en esos rasgos del porvenir: sería el famoso “regreso al infinito:” El motivo del viaje sería solo una de las consecuencias del trayecto.
Wells ciertamente conocía el texto de Coleridge y James admiraba el texto de Wells.
Si todos los autores somos un mismo autor, la literatura es y seguirá siendo lo esencial.
La originalidad entonces no tendría cabida.

OSCAR WILDE
(Ensayo IV)

Oscar Wilde fue un dandi poeta, un caballero con metáforas. Su obra  evoca la noción del arte como un juego selecto y secreto. 
Fue a su manera, un Simbolista. En 1881 se dirige a los estetas y  diez años después a los decadentes. En verso o prosa, su sintaxis fue siempre perfecta, accesible incluso a los extranjeros. 
En una tarde de lluvia se puede empezar y concluir sin demasiadas dificultades un texto,  siendo su métrica (o aparentando ser) espontánea.  No contiene un solo verso experimental. Pareciera ser de una técnica insignificante, que sólo nos habla de una genialidad  intrínseca.
Si su estilo correspondiera a su gloria, sería similar  a meros artificios de índole adjetiva; se puede perfectamente prescindir de ellos. Leyéndolo, -Borges admite-  casi siempre tiene razón; no solamente es elocuente sino también lógico; cuando así lo desea, puede  también ser perspicaz y observador.
Fue acusado de ejercer una suerte de arte combinatoria; quizá la ejerció en algunas de sus bromas, cuando afirma “unos de esos rostros británicos que, vistos una vez, siempre se olvidan”  o cuando afirma que “que todos los hombres matan la cosa que aman” o “ que arrepentirse de un acto es modificar el pasado”, o “no hay hombre que no sea, en cada momento, lo que ha sido y lo que será”. Fue un auténtico hombre del S XIX con un dejo   Simbolista: hábil y diestro, un clásico en suma.
Le cedió a su siglo lo que el siglo le exigía; comedias melodramáticas junto a sus arabescos verbales y todo elaborado con una negligente despreocupación -tal como Mozart o La Fontaine- pero señalando que en realidad es un “descuido que nos da cuidado, como bien advertía Quevedo. 
Su perfección lo perjudicó. Fue una obra tan armoniosa que casi resulta baladí pero sería inimaginable el cosmos sin sus delicados epigramas.
Paradójicamente su nombre está relacionado con el puritanismo, mientras su gloria se vincula a su condena y  prisión. 
El sabor, el aroma de su obra es la felicidad. Pese a sus malos hábitos y desdichas, Oscar Wilde conserva una invulnerable inocencia. Puede prescindir del aplauso de la crítica y de la aprobación del lector, porque el placer que nos proporciona siempre su compañía es irresistible y constante.
***
EL ENIGMA DE QUEVEDO
(Ensayo I )
Uno de los enigmas más curiosos que persisten en la literatura es la poca suerte que le ha tocado a Quevedo. Su falta de ubicación entre los nombres ilustres, en la historia de la literatura . La causa -según Borges- reside en no haber sido un sentimental,-ni siquiera un desborde de sentimiento - en su magna obra; no nos dejó tampoco una impronta en esta a veces ocasionalmente injusta literatura universal. No hubo hipérboles de ternura; por ende, no habrá gloria eterna.
No obstante, Quevedo no fue inferior a otros autores, aunque no poseyó un símbolo que lo representara: Homero tuvo el "areté" de Príamo, besándole las manos a Aquiles, el asesino de su hijo Héctor; Sófocles, el más patético descifrador de enigmas, en la figura de Edipo hubo de adivinar el horror de su propio origen; Cervantes, el hidalgo don Quijote y el terrestre Sancho Panza; Dante, sus nueve círculos, las Rosa de los Justos y el Empíreo, y Kafka, el magisterio de sus laberintos. No existe un escritor de fama universal sin un símbolo objetivo y eterno.
Quevedo es y fue un auténtico literato; nadie, con vocación literaria se permitirá el lujo de no admirarlo y, sin embargo, no fue ni un político ni un filósofo ni tan siquiera un teólogo.
Para él, la transmigración de las almas era una “simple bobería” y a los gnósticos los apodaba sin respeto alguno “inventores de disparates”. A Dios, el Rey de los judíos, y a su gobierno lo tildaba de “un sistema completo acertado y conveniente,” y a sus parábolas las veía como símbolos secretos, que un político debía resolver. He aquí dos claros ejemplos: a) en la parábola de “La samaritana” descifra que los tributos reales deberían ser más leves y b) en la de los “Panes y los peces, que el rey debería percibir las necesidades de los afligidos. Nos asombra su método y la trivialidad de sus propias conclusiones, pero se salva bajo la dignidad de su lenguaje y de su talento.
Ha frecuentado varios estilos y todos con la facilidad del que nada le cuesta; el estilo aparentemente coloquial en EL BUSCÓN; un estilo desenfrenado que jamás peca de ilógico le sigue en LA HORA DE TODOS; se divirtió también con la poesía erótica que -si la consideramos como meros ejercicios petrarquistas- son admirables, aunque distanciado de este fin no nos satisfagan.
En el gran ámbito de su lírica abarca desde los sonetos reflexivos, en los cuales se aproxima un tanto a Wordsworth: /con los doce cené / yo fui su cena/ hasta los gongorismos culteranos, intercalados, a fin de probarnos que él también era capaz de jugar a ser Góngora, deslizándose de vez en cuando por la impronta renacentista de Petrarca y de Garcilaso / humildes soledad verde y sonora / o deteniéndose en las brevedades latinas o en las burlas plenas de fuegos de artificios o en las lóbregas pompas que preludian el caos.

En múltiples ocasiones encuentra el origen de sus creaciones entre los clásicos; su memorable último verso de su archiconocido soneto /polvo serán mas polvo enamorado/ fue tomado dir (1).Sus mejores piezas no son ni oscuras ni enigmáticas; son, sí, objetos verbales, puros e independientes, tal el filo a una daga. El lenguaje es para él un instrumento lógico, no artístico ni científico. Las eternidades poéticas lo molestaban, no tanto por ser fáciles como por ser falsas, pues veía en la metáfora no sólo la relación inmediata de dos imágenes sino también la metódica asimilación de dos cosas.
Hombre apasionado, carnal y vehemente, luchó por alcanzar la cima del ascetismo estoico y en esa pugna por la gran batalla emerge en ciertas piezas magistrales una velada melancolía, un coraje secreto y hasta el desengaño de las caricias del sexo débil.
Tres siglos nos divorcian de su muerte corpórea; tres siglos nos desunen del primer poeta hispánico de valía pues, al igual que el Dante, Goethe o Shakespeare, Francisco de Quevedo es -antes que un hombre- un ser intelectual de compleja y dilatada literatura.
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SOBRE LOS CLÁSICOS

Pocas ciencias existen más interesantes que la etimología, aunque poco sirve el origen primitivo de estos conceptos a causa de sus modificaciones. Inútil es conocer que "clásico" deriva  del latín, tomado luego en sentido del orden.
Un libro clásico son esos países  que decidieron leerlos como si en sus páginas todo fuera premeditado  y apto para interpretaciones infinitas.
Para Alemania y Austria, el Fausto de Goethe es una genial obra maestra; para otros, podría ser una forma total de aburrimiento, como el Paraíso de Milton o la  obra de Rabelais.
Las obras de Job, de Dante (su Comedia) o de Shakespeare (Macbeth) o ciertas sagas del Norte, que pueden ciertamente gozar de una inmortalidad, si bien no conocemos su futuro.
 La belleza es privilegio de algunos escasos escritores, aunque podía estar al acecho entre páginas mediocres o en un simple diálogo en la calle.
La gloria de un poeta se subordina a la excitación o a la indolencia de generaciones de individuos anónimos, que lo examinan  en sus  bibliotecas.
Las emociones en literatura pueden ser eternas, variando en forma leve a fin de que no claudique su virtud. Pueden tal vez desgastarse, mientras las recorre el ávido lector: es el peligro de poder afirmar con plena convicción de que existen obras clásicas eternas.
Cada cual descree de su arte y de sus juegos de artificios. Clásico no siempre es un libro que posee ciertos méritos; es solamente un libro que las generaciones humanas -por diferentes causas- lee o al menos intenta leer con un fervor a priori y con una enigmática fidelidad.
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 La Flor de Coleridge            

 En 1938, Paul Valéry admitió que “la historia de la literatura debería ser la historia delespíritu: podría llevarse a término “sin mencionar un solo escritor”.    Veinte años antes Shelley dictamina que” todos los poemas del pasado, presente y futuro son fragmentos de un solo poema infinito”. Aquí nos ocuparemos de una idea a través de tres escritores.

Coleridge dice literalmente: ”si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño y le dieran  una flor, como prueba de haber estado allí y,  al despertar, econcontrara esa flor en su mano: ¿qué sucedería?”

El segundo texto pertenece a un novela del S XIX, reescrita años después. Su protagonista viaja físicamente al futuro. Regresa rendido con polvo y maltratado. Retorna desde una apartada humanidad  dividida en variedades que se abominan, habitando palacios y desvastados jardines; está encanecido y trae del futuro una flor marchita, -más increíble que la flor del cielo de Coleridge-.

La tercera versión pertenece a a Henry James en una novela  fantástica inconclusa. Esta vez el protagonista viaja al futuro en un inimaginable vehículo que avanza  y retroceda en el tiempo.

Regresa al S XVIII y ya no retorna con una flor divina ni con una flor futura sino viéndose retratado en dicho siglo; fascinado con el experimento se traslada a la fecha de ejecución y se encuentra con el pintor, en el momento que pinta la tela con cierto temor y aversión, pues intuye una anomalía en esos rasgos del porvenir: sería el famoso “regreso al infinito:” El motivo del viaje  sería solo una de las consecuencias del trayecto.

Wells ciertamente conocía el texto de Coleridge y James admiraba el texto de Wells.

Si todos los autores somos un mismo autor, la literatura es y seguirá siendo lo esencial. La originalidad  entonces no tendría cabida.


Bibliografía: Borges, Jorge Luis. "Otras Inquisiciones" Edit. Emecé 1974
(adaptación de Cristina Bosch)